La historia de Lorenzita: Patrañalandia, final alternativo

Resultó que Lorenza, empapada de químicos de peluquería, salió del spa en una nube de... maripositas de colores.
Una puerta enorme adornada con globos, serpentinas y brillitos se interpuso en su camino. Tambaleándose como iba, se metió en patrañalandia.
A simple vista era el país de los sueños de cualquier niño... o de cualquier escritor de cuentos infantiles. Calesitas, copos de azúcar, música de circo, hasta el pasto y el cielo tenían color de cuento.
Un payaso de varios metros de alto se le acercó con su sonrisa pintada de rojo. Lorenza flasheaba; sí flasheaba. Después de haber seguido tanto a su padre de circo en circo, esto estaba muy cerca de lo que para ella era el paraíso.
El payaso le extendió la mano; Lorenza emocionada la tomó, y sintió un calor correr por todo su cuerpo. El payaso le dió una vuelta, y con un "bienvenida, hermosa" le mostró el camino hasta el escenario. De la mano del payaso pasó a la mano de la bailarina: esbelta, sonriente, ágil, preciosa. La bailarina la llevó girando y girando a su alrededor hasta el domador: musculoso, serio, imponente. El domador la escoltó hasta el final del escenario, y allí la despidió. Un arlequín iba a tomarla de la mano cuando todo en patrañalandia se volvió hielo. La bailarina dejó de girar, el domador congeló hasta su bigote, y el arlequín con su carita risueña se quedó mirándola como si fuera de cera. Ni las hojas de los árboles se movían.
- ¡Lorenza, hace dos horas que estás ahí parada en el zaguán con cara de boba! ¡Entrá querés!- le dijo su hermana.

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