La historia de Lorenzita: el cuarto... episodio

Y en una nueva entrega de la historia de esta jeroína la encontramos a ella, la mismísima Lorenza Tremebunda en una agitada escena: corriendo despavorida, lejos de los brazos de un pretendiente. Este personaje, nuevo en la historia, comenzó dejando cartitas por debajo de la puerta del bulín (en realidad subía haciéndose el sonso al quinto piso, y pasaba sus cartas por debajo de la propia puerta de Lorenza, cosa de no herrarle, claro) más adelante ya se animó a hablarle.
Resumiendo, vio a nuestra pequeña… y no tan pequeña… Lorenzita, bañandose en el fuentón del lavadero con una esponja exfoliante. Resulta que desde ese momento el caballero en cuestión redobló sus apuestas, y comenzó a hablar con Lorenza cada vez que la cruzaba, de cualquier pavada que se le ocurriera. Con la nariz bien pegada a la de su interlocutora, que de más está decir que se ponía muy incómoda. Cuento corto, un día no aguantó más, y comenzó a correr en dirección opuesta a la del caballero hasta que lo perdió de vista.
Lo que pasó después fue que se perdió. Solo tenía la esponja de baño que a veces guardaba en su bolsillo, así que se bañó en un laguito que encontró, y disfrutó de su soledad hasta que se hizo de noche, y decidió volver sobre sus pasos rogando que la caminata de regreso la convirtiera en alce, o en zebra, o en castor… pero menos llegar a casa otra vez siendo Lorenza... Tremebunda.

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