La historia de Lorenzita: el corazón con astillitas

La vida de Lorenza sigue mutando a pasos agigantados, así como lo hicieron sus deseos de encontrar a su alma gemela. Sentía como una cosa así en la panza... muy parecida al hambre, pero que le empujaba las tripas desde más abajo hasta todos los extremos de su cuerpo. Lorenza estaba segura de que el mago Mielin era su alma gemela, solo que, según ella, él no lo podía ver porque tenía ceguera emocional. Pero lo que al mago le pasaba era que estaba secretamente enamorado de su varita mágica; no tenía ojos para nadie más, ni siquiera para Lorenza que se desarmaba en piruetas a su alrededor, hacía malabares, seguía bajando de peso (ella pensaba que eso iba a ser atractivo para Mielin), se compraba ropa, tomaba clases de magia.
En fin, el resultado de todo esto fue que un día, regresando de un curso que había empezado para hacer varitas mágicas (a ver si así finalmente, teniendo una, lo conquistaba) sintió un sonido de vidrios rotos que venía... de adentro suyo. El dolor en el pecho que sentía hace rato le atravesó los huesos. ¡Su corazón! ¡El regalo más precioso que tenía reservado para Mielin! Se abrió el cierre que tenía entre el pecho izquierdo y el brazo, con discreción, no vaya a ser que la gente viera... que tenía un cierre para entrar a su corazón; y efectivamente, el corazón estaba roto. Se había roto en mil... bueno no en mil, pero en varios pedazos.
Así, con el corazón en la mano y sintiendo un gran vacío en el pecho... o detrás del pecho, caminó hasta su casa.
Su mejor amiga, Tartarina, que inspirada por su nombre había puesto un local de tartas, le recomendó ver a un arreglador de corazones. Clandestino, porque esa práctica estaba prohibia en la ciudad.
Cuando Lorenza se decidió a ir a verlo, en vez de encontrar un lugar oscuro y un a un tipo feo, como se imaginaba, encontró una bicicleta y un cartel de reparaciones. Era porque se había equivocado de local; al lado la atendió un viejito tan amoroso que Lorenza se tuvo que contener las ganas de morderle la oreja... por su hábito de comer cosas, no po nada en especial... ¿? Bueno, la cosa fue que este viejito dejó muy aliviada a Lorenza diciéndole que su corazón roto tenía arreglo. Recuperarían los pedazos que faltaban, lo fundirían, lo vloverían a formar y llamarían a un hada para que lo heche a andar, no mentira... lo pondrían a prueba una semana antes de darle el alta.
Lorenza se fue a su casa con un corazoncito de repuesto con el que podía: sentir mucho cariño por los perritos de la calle, y sentarse a ver tele y comentar las novelas, pero no mucho porque sino atrasaba los latidos

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