Ay Lorenza Lorenza, le decía su mamá. Y Lorenza, como tenía mucha cera en las orejas, no la escuchaba. De hecho tenía la firme idea de que su mamá era muda.
Resulta que un día, la niña Lorenza caminaba por un sendero buscando al Mago Mielin que se le había perdido, y necesitaba contarle algunas cosas de cómo se sentía.
No sabía bien qué le pasaba, pero... ella sentía hambre. Mucho hambre. Tanto hambre tenía, que se le ocurrió comerse lo primero que se le cruzó por el camino: una paloma. No mentira, se comió un hongo, que era lo más comestible que había por ahí después de unas flores dulces y unas hojas de menta.
Después de satisfecha su necesidad... siguió comiendo. De gula.
Y después de comer de gula... comió un poquito más. No, mentira, no comió más, porque empezó a sentir un hueco en la panza... que era más que un hueco de vacío de comida. Era un hueco hooooondo y fríiiiio; un hueco oscuuuuuro y triiiiiste. Y además pesaaaaado.
Ya no veía por donde caminaba; la imagen mental del hueco en su interior le inundó los sentidos. De pronto vio una vaca comiendo, y pensó: claaaaro, las vacas son felices así pastando; no tienen tristezas: yo quiero ser una vaca! Probó el pasto... y no le gustó. Vió una mariposa volando y pensó: claaaaaro, las mariposas son felices así, volando: yo quiero ser una mariposa! Probó volar, y se cayó. Vió un árbol, y pensó: que loooooco como el árbol está reeeee feliiiiiz ahí paradoteeeee: y se retorció para imitar la forma del árbol hasta que se cansó.
A pesar de todos los intentos, la sensación seguía ahí; es más, ahora parecía que una tormenta tropical se desataba de manera torrencial de su piel para adentro. Así que finalmente se resignó, y decidió dejar que el agua limpie y lave ese hueco, que después de la lluvia no jodió más. Lo que sí Lorenza tuvo que ponerse unas buenas vendas por los raspones, y tomar tecito de limón por varios días.
Publicado por
Olivia

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