La historia de Lorenzita: operación Loren

Desde que recibió la carta de su amado médico, a Lorenza se le puso en la cabeza que quería bajar de peso, así que comenzó a andar en bicicleta.
Sacaba la bici del galpón de su tía Marta, y salía a pedalear aunque no tuviera zapatos por calles y callecitas. Disfrutaba como de un orgasmo del viento en la cara, del sol, de las bajaditas vertiginosas.
Un buen día, que había desayunado con mucha dedicación, antes de llegar a la cima de una subida, sintió un fuerte retorcijón en la panza. Otro. Un ardor en la boca del estómago. Sintió que se asfixiaba, y no sintió nada más, porque cayó rodando desmayada montaña abajo.
Un vecino y su mujer que tomaban mates en la puerta de su casa, se apuraron a ayudarla, y Lorenza estuvo rápidamente en el hospital más cercano.
Los médicos se agarraban la cabeza al ver el diagnóstico de Lorenza; se pasaban las radiografías unos a otros, y hasta llamaron a especialistas de Kenia, de Filipinas y de República Dominicana: a Lorenza le extirparon del apéndice, nada más y nada menos que una niña. Caprichosa, miedosa y envidiosa. Y como si fuera poco, entre el diafragma y el pulmón, tenía una adolescente. Enojona, complaciente y poco sincera.
Lorenza, una vez recuperada de los numerosos puntos, y una vez que cumplió con la rehabilitación que incluía aprender a decir si, a decir no, a decir la verdad, a pararse derecha, a ser responsable, enternecida por los frutos de sus entrañas, las bañó, las acicaló, y las donó a un museo antropológico.


Más que una tragedia, esto había sido para Lorenza una ganancia. Lorenza se sentía tan aliviada, tan bella con tanto peso menos que parecía caminar entre las nubes.
Salió del hospital como miss simpatía después del makeover: con el viento en la cara y la frente en alto. Parecía caminar en cámar lenta, y parecía que todos los ojos estaban puestos en ella. Parecía que todos los vidrios se giraban para reflejarla, y parecía que las luces brillaban más intensas cuando ella pasaba.
Lorenza! Lorenza? Lorenza... decían sus conocidos. Llovieron las ofertas de trabajo, las propuestas de matrimonio, y otras propuestas más indecentes.
Había comenzado para nuestra protagonista una nueva vida. Lo que no sabían los que la veían caminar por ahí tan renovada era que todavía guardaba un paquete de maní bajo la cama, y otra en el escritorio por si le daba hambre.

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