Lorenza, era ciega de un ojo. Era tuerta, con todas las letras. Lo más raro era que a veces el ojo se le componía, y podía ver bien, pero otras veces se le nublaba hasta tal punto de no ver un solo rayo de luz. El otro ojo le andaba perfecto, si hasta tenía un medidor de visibilidad que le indicaba a cuántos kilómetros podía ver de acuerdo al clima del día. La medición estaba indicada en kilómetros y en millas, y Lorenza la podía ver en una esquina del ojo como en la lente de las cámaras fotográficas.
Sus hermanas la ayudaban a no tragarse a la gente cuando caminaba y estaba con el ojo izquierdo medio ciego. Y cuando ellas no estaban hacía esfuerzos por no quedar enredada en alguna caída que le costara un moretón.
Algo escondido de la historia de Loranzita es que tenía un ferviente admirador, que le mandaba cartas de amor a las que ella hacía oído sordo... o se las comía.
Dejá la bronca de lado Lorenza, le decía su abuelo. Dejala, no te hace bien. Te duele y te saca lagrimitas. Dejá de buscar a tu padre, le decía un amigo, y buscá a alguien que te acompañe en tu camino fuera del bulín de las sierras. Dejá de culpar a tu madre por ser "una madama rara y anticuada y todos los adjetivos negativos que se te puedan imaginar". Amar es simple, le decía otro amigo. Todos amigos bellos, bellos amigos. Lo que Lorenzita no sabía era que el espejo dfe su casa estaba roto, y en la relidad, la realidad que los demás veían, su rostro no era tan feo como ella creía... tenía solo algunas verruguas en la nariz.
Publicado por
Olivia

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