La historia de Lorenzita: elepi sodio II

Algunos días, la vida en el prostíbulo le parecía tan monótona, que Lorenza salía a buscar a su padre. No estaba segura del nombre del circo en que trabajaba, así que pasaba meses de pueblo en pueblo, llamándolo entre lágrimas. Porque Lorenzita, además de ser una campeona del rascado, sabía muy bien llorar, y lo hacía sin reservas en cualquier situación y ante cualquier eventualidad, con mucho decoro y conciencia de representación melodramática. Hasta había descrito y publicado un libro que nunca nadie leyó sobre estilos de llanto, con ilustraciones. Lo que Lorenzita no sabía, era que a veces lo que ella llamaba llanto era en realidad risa… y a veces al revés... y a veces multiplicado por dos... y a veces dividido por ocho.
Se encontró con mucha gente en esos pueblos, y a todos mostraba un tatuaje de su papá que llevaba en el brazo por si lo habían visto.
Cuando se cansaba de buscar, y extrañaba su casa, volvía, y seguía rascándose. Tanto se rascaba que ya tenía un poco de barba… por más que la relación entre un hecho y el otro no tenga aparente conexión. O no la tenga en absoluto.

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