Lo que no se sabía hasta ahora, es que hay varias versiones de la vida de Lorenzita. Hay quienes dicen que pasó que Lorenza, con su corazoncito en recuperación, y mostrando grandes avances, según el dotor, empezó a cantar. Primero solita en la ducha, después mientras bañaba al gato, después mientras preparaba milanesas de berenjena, porque ahora comía bien la señorita. Por poco se hace vegetariana, pero se comió una empanada de carne una vez por equivocación, y tuvo una experiencia de placer tan parecida a un orgasmo, que prometió solo dejar de comer carne para aumentar la expectativa de la próxima vez. La cosa es que la muchacha cantó en el baño, cantó en la cocina, y cantó en el zaguán de la casa. Y fue ahí que la escuchó un guitarrista que pasaba y le dijo:
-Yeeeeeguaa!
-Eh… me parece que te desubicaste.
Lorenza estaba estrenando algunas frases nuevas que leyó en un libro de autoayuda.
Carlitos se quedó helado, y Lorenza también. Pero zafó el momento incómodo, y terminaron los dos revolcados entre los jazmines del patio del fondo.
No, mentira. Terminaron quedando en encontrarse para tocar y cantar otro día.
No sé si habrá sido la nueva dieta, pero Lorenza seguía encontrando experiencias orgásmicas a su alrededor.
Llegó al restoran donde todos los jueves tocaba la banda: Lavanda. Era una noche de verano así que las mesas estaban todas afuera, y las luces de navidad colgadas entre las hojas de parra empezaban a hacerse notar. La banda estaba formada por tres hombres de los que Lorenza se enamoró a la vez.
Claude, un francés pelilargui cabizbajo de una caballerosidad que derretiría hasta a una feminista afiliada al gremio, y la haría seguirlo como un perrito feliz.
Jack, un neocelandés de tez oscura y de una formalidad, que en medio de la conversación ya tiene a cualquier oponente femenino visualizando una vida juntos al estilo “casita de madera en las montañas”.
Y Carlitos, Charles para los amigos, un inglés… grandote digamos, que le gusta hablar de sí mismo, y mostrar sus pasos de baile nuevos sin importarle hacer el ridículo, provocando la típica risita coqueta que oculta el: si no estuvieran tus amigos te salto encima y te quedás sin oreja.
A todo esto Lorenza hizo un gran esfuerzo en mantenerse entera, y lo logró sacudiendo la pandereta como si fuera quinta integrante de los Beatles, en sus mejores épocas.
Esa noche soñó que dormía en un campo de lavanda. Y se despertó cuando se mojó... por la lluvia.
Publicado por
Olivia

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