La historia de Lorenzita: Lorencia en el país de las Patrañas

Al salir del spa, y con una sonrisa en la cara dibujada por los químicos que pululaban en la peluquería, Lorenza se encontró a sí misma en un mundo totalmente cambiado.
Se encontró frente una puerta rodeada de globos y cintas de colores. El olor a desodorante barato de ambientes desbordaba por los rincones. Inmersa en el astado estuporoso en el que se encontraba se introdujo en patrañalandia.
Allí adentro todo era pulcro, de mármol, frío como una heladera. Caminó dos pasos y se dio cuenta de que no tenía zapatos. Caminó unos pasos más, y se dio cuenta de que le faltaban los pantalones… ups… más adelante… desapareció también la remera. Esta situación más que asustarla le dio risa, y probó de caminar más a ver si desaparecía la ropa interior. Pero eso no sucedió.
Una risita se escuchó a lo lejos. Lorenza se quedó quieta. El frío le recorrió de un latigazo el cuerpo. ¡Había alguien en patrañalandia! Ropa… ropa! Pasos se escucharon y crecieron en intensidad. Ropa… ropa! No había más que mesitas bajas, altas, de todos los tamaños, revestidas de algodón. Ropa… ropa! caminó con desesperación, no quería que la vieran. Las estrías de la cadera, la pancita globezca, los pechos que rebozaban de la taza del corpiño, las piernas carnosas, todo le daba vergüenza.
Hh! Se asustó. Alguien apareció frente a ella. Ambos rostros ocultaron su incomodidad tras una cara neutra. Lorenza escaneó al extraño. Delgado como Jesucristo, barba, piel tostada, parecía salido del cuadro del sagrado corazón de una vecina, solo que este redentor se veía un poco incómodo, aunque igual desprovisto de ropa que el del crucifijo.
Hubo intentos de risa, hubo miradas resignadas, hubo un largo rato de silencio.
- Esa no es la puerta.- dijo
- ¿Qué?
- Esa no es la puerta Lorenza, ¿¿¡qué te pasa??!
Su hermana le gritaba desde la cocina.
- ¡Hace dos horas que estás ahí parada en el zaguan con cara de boba! ¡Entrá querés! ¡Y ponete esa remera que el vecino no te deja de mirar!

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