La historia de Lorenzita: volviendo al futuro

Y paso que Lorenza llego un dia a vieja. Bueno esa edad en la que todavia no era vieja, pero se le daba por hacer chochadas como: organizar una fiesta para todos sus amores, amantes amados y pretendientes. Seria una galleteada, con mates para que no se le atraganten los invitados.
Polaroncio; Pol, que era ya su pareja hacia varios muchos tantos anios, entendio que era algo importante para ella, y ese fin de semanan se organizo una salida a pescar.
Llego el dia de la reunion y el barrio se convirtio en un caos, especialmente porque las galletas que Lorenza cocinaba ya tenian fama internacional y en esta ocasion, las daria gratis como lo habia hecho alguna vez en su juventud.
Entre la multitud (que tampoco era tan enorme... solo unas cuadras) se destacaba Lorenzo, que habia llegado en lo que Lorenza penso que era un caballo blanco (Lorenzo tambien se habia ganado su fama a traves de los anios en el mundo ecuestre) pero que en realidad era una moto de agua que tuvo que empujar desde el puerto porque no tenia candado.
Por ahi andaba Esmeraldo tambien, un hombre de muy poca estatura que solo se veia porque lo traia en brazos su novia.
- Gordo, no era el cumpleanios de tu prima?
- Si gordita
- Pero por que el cartes dice "Fiesta de examantes"?
- Porque es una fiesta tematica, por que no dejas de preguntar tanto? Dale, comemos unas galletas y nos vamos
Cada uno trajo un pequenio regalo, y se llevo algo a escondidas:
Lorenzo trajo de vuelta un unicornio azul de jugete y se llevo un duende del jardin.
Esmeraldo trajo un CD regrabable y se llevo la computadora.
Stefenfrosken, un aleman del que Lorenza casi ni se acordaba, excepto porque le trajo unos aros que se le habian perdido, se llevo un cubrecama que no se preocupo en esconder.
El unico que no se llevo nada fue el mago Mielin que vino, a regelarle un hermoso beso( aaaaa...)
Tambien estaba Leoncio, un hombre negro y solemne como la noche que trajo lapices de colores acuarelables que no irritan la piel, y se llevo las cortinas porque dijo que era lo unico que le faltaba en su casa.
Una vez terminada la galleteada (que a decir verdad fue divertida para todos excepto para uno que habia ido para declararle su amor finalmente y se arrepintio porque le parecio todo el cuento de la fiesta una tremenda locura) Lorenza se sintio... un poco vacia... le faltaban algunas que otras cosas...
Y agarrense porque se pone cursi, volvio Polaroncio de su exitosa pesca alegre y radiante, por suerte para Lorenza porque su buen humor alcanzo para perdonar todo el desastre y para consolar a Lorenza que enseguida se animo contandole los detalles.
Pol, que era un tipo alto carinioso y gracioso (guinio guinio...) hizo al fin de semana siguiente su version de fiesta de examantes con panqueques y clerico, y como ya no quedo casi nada en la casa, a sus sesenta y muchos anios Lorenza y Polaroncio se mudaron a un camion rodante, y como no lo pueden dejar mas de tres dias en cada lugar, viajan por el mundo.



La historia de Lorenzita: que ongo

Lo que pasaba en realidad es que Lorenza... tenia hongos. Y como ningno de los tecitos del mago funcionaron, decidio nomas dejarlos crecer: entre los dedos de los pies, las unias del dedo grodo, el espacio entre los pechos que se transpira cuando camina mucho; y como eran tantos los empezo a vender en un puestito en la vereda.
Los clasifico segun sus propiedades, y pronto empezo a llegar gente desde muy lejos para buscar los famosos hongos que resultaron tener muchos usos. Los viejitos los buscaban para el insomnio, algunos chefs para lograr ese sabor unico que llevara a su restaurante al exito rotundo, algunos artistas para llegar a nuevos niveles de inspiracion. Todos llegaban, compraban su hongo y se iban.
Ya despue sde unos meses, Lorenza estaba cansada de cerrar el stand sola, y con frio... asi que decidio tomar el toro por las astas, y... escribio en un papel:
quedate, para siempre, conmigo
y lo repitio en papeles chiquitos y les puso su direccion, la de su casa y la de su imeil, y los puso uno a uno en el fondo de las bolsitas de arpillera en las que vendia sus hongos.
Lo que paso fue que al dia siguiente... Nadie noto su nota.
Hasta que un dia... recibio un imeil.
Que decia... muy buena la frase, te la compro.
Y desde ese dia, los hongos "quedate" se producen en centenares de macetas en un invernadero en tailandia, por cuestiones de costo de mano de obra, y Lorenza recibe dinero de los derechos de autor, con el que compra suavisante para la ropa.
Sigue vendiendo sus propios hongos a clientes fieles que saben apreciar la produccion artesanal.

La historia de Lorenzita: la banda lavanda

Lo que no se sabía hasta ahora, es que hay varias versiones de la vida de Lorenzita. Hay quienes dicen que pasó que Lorenza, con su corazoncito en recuperación, y mostrando grandes avances, según el dotor, empezó a cantar. Primero solita en la ducha, después mientras bañaba al gato, después mientras preparaba milanesas de berenjena, porque ahora comía bien la señorita. Por poco se hace vegetariana, pero se comió una empanada de carne una vez por equivocación, y tuvo una experiencia de placer tan parecida a un orgasmo, que prometió solo dejar de comer carne para aumentar la expectativa de la próxima vez. La cosa es que la muchacha cantó en el baño, cantó en la cocina, y cantó en el zaguán de la casa. Y fue ahí que la escuchó un guitarrista que pasaba y le dijo:
-Yeeeeeguaa!
-Eh… me parece que te desubicaste.
Lorenza estaba estrenando algunas frases nuevas que leyó en un libro de autoayuda.
Carlitos se quedó helado, y Lorenza también. Pero zafó el momento incómodo, y terminaron los dos revolcados entre los jazmines del patio del fondo.
No, mentira. Terminaron quedando en encontrarse para tocar y cantar otro día.
No sé si habrá sido la nueva dieta, pero Lorenza seguía encontrando experiencias orgásmicas a su alrededor.
Llegó al restoran donde todos los jueves tocaba la banda: Lavanda. Era una noche de verano así que las mesas estaban todas afuera, y las luces de navidad colgadas entre las hojas de parra empezaban a hacerse notar. La banda estaba formada por tres hombres de los que Lorenza se enamoró a la vez.
Claude, un francés pelilargui cabizbajo de una caballerosidad que derretiría hasta a una feminista afiliada al gremio, y la haría seguirlo como un perrito feliz.
Jack, un neocelandés de tez oscura y de una formalidad, que en medio de la conversación ya tiene a cualquier oponente femenino visualizando una vida juntos al estilo “casita de madera en las montañas”.
Y Carlitos, Charles para los amigos, un inglés… grandote digamos, que le gusta hablar de sí mismo, y mostrar sus pasos de baile nuevos sin importarle hacer el ridículo, provocando la típica risita coqueta que oculta el: si no estuvieran tus amigos te salto encima y te quedás sin oreja.
A todo esto Lorenza hizo un gran esfuerzo en mantenerse entera, y lo logró sacudiendo la pandereta como si fuera quinta integrante de los Beatles, en sus mejores épocas.
Esa noche soñó que dormía en un campo de lavanda. Y se despertó cuando se mojó... por la lluvia.

La historia de Lorenzita: a comerrrr perdices

Y bueno, Lorenza finalmente arregló su corazón, con la ayuda de Bonobon... el arreglador... de corazones.
Y anda por ahí, enamorándose de todo; con corazón nuevo a cualquiera le pasa. Arriba Bonobon le puso un dispositivo nuevo que había inventado, y cambiaba de color según las emociones, así que si se ponía triste, igual la pasaba bien viendo como cambiaba de color su corazón refundido, restaurado y requetestaurado.
Pidió cordialmente que no se publicara más sobre sus historias, así que y desde el staff de este blogg... todo el gran staff... vamos a respetar su deseo.

La historia de Lorenzita: elescupido

Para complicación del trabajo que deberían hacer Lorenza y el arreglador de corazones, descubrieron, por la cantidad de pedazos que faltaban, que ese corazón ya estaba roto antes de que Lorenza conociera a Mielin.
Esto para Lorenza era super claro, así que partió en un colectivo decidida a recuperar su pedazo.
Llegó una mañanita de Lunes a Corrientes; tocó la puerta en una cabaña de madera, y la abrió enseguida un hombre de pelo largo. Detrás de la barba que le había crecido miró a Lorenza con ojos extrañados.
-Lorenza...
-Lorenzo...
-No te esperaba
-Pero vine
-Te extrañé mucho cuando te fuiste, sabías?
-Me perdonás?
-Sí, Lorenza, sos la unica mujer que realmente amé en esta tierra
-Entonces ¿Me devolvés mi pedazo de corazón?
-¿¿Eso es lo que venías a buscar??
-Es que sin mi corazón no puedo vivir... me la paso mirando tele y jugando al solitario
-Está bien... ¿No hay algo más que quieras decir? Aprovechá que te viniste hasta Corrientes
-Sí... que... que... que te amo... que te amo... que te amonestaría por no haberme retenido cuando me piré y te mandé a freir churros a corrientes; que te amo que te amo... que te amoblaría la casa en que vivís con todas las veces que te lloré y me arrepentí de haber dejado lo que empezamos juntos
-Te amo
-¿Que?!
-Te amo, dejá de hablar pavadas
-No son pavadas, es lo que siento!
-Vení acá, Lorenza, terminemos lo que empezamos allá en una playa de nuestra juventud


Jajajajajajaja este es un pequeño regalito para mi, que me siento triste hoy, en el día del niño (que tenía que ver) porque ayer vi "diarios de una pasión" y lloré como una condenada

La historia de Lorenzita: el corazón con astillitas

La vida de Lorenza sigue mutando a pasos agigantados, así como lo hicieron sus deseos de encontrar a su alma gemela. Sentía como una cosa así en la panza... muy parecida al hambre, pero que le empujaba las tripas desde más abajo hasta todos los extremos de su cuerpo. Lorenza estaba segura de que el mago Mielin era su alma gemela, solo que, según ella, él no lo podía ver porque tenía ceguera emocional. Pero lo que al mago le pasaba era que estaba secretamente enamorado de su varita mágica; no tenía ojos para nadie más, ni siquiera para Lorenza que se desarmaba en piruetas a su alrededor, hacía malabares, seguía bajando de peso (ella pensaba que eso iba a ser atractivo para Mielin), se compraba ropa, tomaba clases de magia.
En fin, el resultado de todo esto fue que un día, regresando de un curso que había empezado para hacer varitas mágicas (a ver si así finalmente, teniendo una, lo conquistaba) sintió un sonido de vidrios rotos que venía... de adentro suyo. El dolor en el pecho que sentía hace rato le atravesó los huesos. ¡Su corazón! ¡El regalo más precioso que tenía reservado para Mielin! Se abrió el cierre que tenía entre el pecho izquierdo y el brazo, con discreción, no vaya a ser que la gente viera... que tenía un cierre para entrar a su corazón; y efectivamente, el corazón estaba roto. Se había roto en mil... bueno no en mil, pero en varios pedazos.
Así, con el corazón en la mano y sintiendo un gran vacío en el pecho... o detrás del pecho, caminó hasta su casa.
Su mejor amiga, Tartarina, que inspirada por su nombre había puesto un local de tartas, le recomendó ver a un arreglador de corazones. Clandestino, porque esa práctica estaba prohibia en la ciudad.
Cuando Lorenza se decidió a ir a verlo, en vez de encontrar un lugar oscuro y un a un tipo feo, como se imaginaba, encontró una bicicleta y un cartel de reparaciones. Era porque se había equivocado de local; al lado la atendió un viejito tan amoroso que Lorenza se tuvo que contener las ganas de morderle la oreja... por su hábito de comer cosas, no po nada en especial... ¿? Bueno, la cosa fue que este viejito dejó muy aliviada a Lorenza diciéndole que su corazón roto tenía arreglo. Recuperarían los pedazos que faltaban, lo fundirían, lo vloverían a formar y llamarían a un hada para que lo heche a andar, no mentira... lo pondrían a prueba una semana antes de darle el alta.
Lorenza se fue a su casa con un corazoncito de repuesto con el que podía: sentir mucho cariño por los perritos de la calle, y sentarse a ver tele y comentar las novelas, pero no mucho porque sino atrasaba los latidos

La historia de Lorenzita: flash

Ay Lorenza Lorenza, le decía su mamá. Y Lorenza, como tenía mucha cera en las orejas, no la escuchaba. De hecho tenía la firme idea de que su mamá era muda.
Resulta que un día, la niña Lorenza caminaba por un sendero buscando al Mago Mielin que se le había perdido, y necesitaba contarle algunas cosas de cómo se sentía.
No sabía bien qué le pasaba, pero... ella sentía hambre. Mucho hambre. Tanto hambre tenía, que se le ocurrió comerse lo primero que se le cruzó por el camino: una paloma. No mentira, se comió un hongo, que era lo más comestible que había por ahí después de unas flores dulces y unas hojas de menta.
Después de satisfecha su necesidad... siguió comiendo. De gula.
Y después de comer de gula... comió un poquito más. No, mentira, no comió más, porque empezó a sentir un hueco en la panza... que era más que un hueco de vacío de comida. Era un hueco hooooondo y fríiiiio; un hueco oscuuuuuro y triiiiiste. Y además pesaaaaado.
Ya no veía por donde caminaba; la imagen mental del hueco en su interior le inundó los sentidos. De pronto vio una vaca comiendo, y pensó: claaaaro, las vacas son felices así pastando; no tienen tristezas: yo quiero ser una vaca! Probó el pasto... y no le gustó. Vió una mariposa volando y pensó: claaaaaro, las mariposas son felices así, volando: yo quiero ser una mariposa! Probó volar, y se cayó. Vió un árbol, y pensó: que loooooco como el árbol está reeeee feliiiiiz ahí paradoteeeee: y se retorció para imitar la forma del árbol hasta que se cansó.
A pesar de todos los intentos, la sensación seguía ahí; es más, ahora parecía que una tormenta tropical se desataba de manera torrencial de su piel para adentro. Así que finalmente se resignó, y decidió dejar que el agua limpie y lave ese hueco, que después de la lluvia no jodió más. Lo que sí Lorenza tuvo que ponerse unas buenas vendas por los raspones, y tomar tecito de limón por varios días.

La historia de Lorenzita: el mago Mielín

Después de que todos en el pueblo se enamoraran y se encontraran bajo los puentes, en las terrasas, en los telos y donde hubiera un lugar propicio para el amor, gracias a las rosas dispersadas por el percance de Lorenza, pasó que a Lorenza se le ocurrió que ya era hora de enamorarse ella.
Así que cortó una caña del baldío de´al lado de su casa, y salió al bosque, de caza. Iba concentrada como un gato observando una cucaracha, convencida de que conseguiría lo que buscaba.
Ahí estaba! un hombre alto y musculoso... Lorenza lo golpeó con la caña.
El hombre se dio vuelta CON UNA CARA... Claro está que no lo conquistó, pero sí se hicieron buenos amigos. Lorenza se enteró de que era un mago, y que pasaba mucho tiempo en el bosque pero en realidad se dedicaba a atender una verdulería. Mielín se enteró de que Lorenza no sabía que hacer de su vida y andaba por ahí cazando hombres. No había que ser muy vivo para atar los cabos: Mielin le propuso buscarle marido a Lorenza, y así fue; cada semana le llevaba un soltero (o no tan soltero) con un moño rojo y un chocolate en el bolsillo y se lo dejaba en el zaguán de su casa. Lorenza estudiaba a cada candidato, y lo mandaba de vuelta.
Porque lo que no sabía, creo que ni ella, era que siempre que desataba un moño rojo, deseaba con todo su corazón y todos los bigotes que habían quedado de las épocas en que no se depilaba, era que el que llegara a su zaguán con un chocolate en el bolsillo, fuera el mago Mielin.

La historia de Lorenzita: las manchas de rolando

Y mientras el mundo se mueve a su velocidad de siempre, y todas las personas comunes y silvestres se codean por allí, Lorenza Tremebunda sigue su camino retorcido y enrevesado del que no log... del que no quiere salir. Por ahora.
En este nuevo capítulo de esta heroína desgraciadina les voy a contar cómo en un rapto inesperado de coraje dijo: basta! basta de cambiarme las bombachas, es mucho lío. No mentira, lo que dijo fue: basta de color rosa en las remeras. No mentira, lo que dijo fue: basta del cinturón de castidad! Y agarró una pinza y rompió el candado.
Lo que pasó pobrecita fue que estaba tan deseperada por sentir el aire fresco que se le zafó la pinza, y se arrancó cinco pelos. Pero se los arrancó con tanta fuerza que la sangre tiñó el sillón de corderoy de la piesa, y la escalera caracol, y dejó como un decorado cual rosal en flor por las calles del pueblo, por el edificio del banco, por el edificio municipal, en los asientos del colectivo.
Pero Lorenza se sentía tan bien. Por haber dejado de usar rosa en sus remeras, claro está. Que dio todas las que le quedaban a la caridad.
Y el pueblo quedó lleno de rosas por meses.

La historia de Lorenzita: operación Loren

Desde que recibió la carta de su amado médico, a Lorenza se le puso en la cabeza que quería bajar de peso, así que comenzó a andar en bicicleta.
Sacaba la bici del galpón de su tía Marta, y salía a pedalear aunque no tuviera zapatos por calles y callecitas. Disfrutaba como de un orgasmo del viento en la cara, del sol, de las bajaditas vertiginosas.
Un buen día, que había desayunado con mucha dedicación, antes de llegar a la cima de una subida, sintió un fuerte retorcijón en la panza. Otro. Un ardor en la boca del estómago. Sintió que se asfixiaba, y no sintió nada más, porque cayó rodando desmayada montaña abajo.
Un vecino y su mujer que tomaban mates en la puerta de su casa, se apuraron a ayudarla, y Lorenza estuvo rápidamente en el hospital más cercano.
Los médicos se agarraban la cabeza al ver el diagnóstico de Lorenza; se pasaban las radiografías unos a otros, y hasta llamaron a especialistas de Kenia, de Filipinas y de República Dominicana: a Lorenza le extirparon del apéndice, nada más y nada menos que una niña. Caprichosa, miedosa y envidiosa. Y como si fuera poco, entre el diafragma y el pulmón, tenía una adolescente. Enojona, complaciente y poco sincera.
Lorenza, una vez recuperada de los numerosos puntos, y una vez que cumplió con la rehabilitación que incluía aprender a decir si, a decir no, a decir la verdad, a pararse derecha, a ser responsable, enternecida por los frutos de sus entrañas, las bañó, las acicaló, y las donó a un museo antropológico.


Más que una tragedia, esto había sido para Lorenza una ganancia. Lorenza se sentía tan aliviada, tan bella con tanto peso menos que parecía caminar entre las nubes.
Salió del hospital como miss simpatía después del makeover: con el viento en la cara y la frente en alto. Parecía caminar en cámar lenta, y parecía que todos los ojos estaban puestos en ella. Parecía que todos los vidrios se giraban para reflejarla, y parecía que las luces brillaban más intensas cuando ella pasaba.
Lorenza! Lorenza? Lorenza... decían sus conocidos. Llovieron las ofertas de trabajo, las propuestas de matrimonio, y otras propuestas más indecentes.
Había comenzado para nuestra protagonista una nueva vida. Lo que no sabían los que la veían caminar por ahí tan renovada era que todavía guardaba un paquete de maní bajo la cama, y otra en el escritorio por si le daba hambre.

La historia de Lorenzita: Patrañalandia, final alternativo

Resultó que Lorenza, empapada de químicos de peluquería, salió del spa en una nube de... maripositas de colores.
Una puerta enorme adornada con globos, serpentinas y brillitos se interpuso en su camino. Tambaleándose como iba, se metió en patrañalandia.
A simple vista era el país de los sueños de cualquier niño... o de cualquier escritor de cuentos infantiles. Calesitas, copos de azúcar, música de circo, hasta el pasto y el cielo tenían color de cuento.
Un payaso de varios metros de alto se le acercó con su sonrisa pintada de rojo. Lorenza flasheaba; sí flasheaba. Después de haber seguido tanto a su padre de circo en circo, esto estaba muy cerca de lo que para ella era el paraíso.
El payaso le extendió la mano; Lorenza emocionada la tomó, y sintió un calor correr por todo su cuerpo. El payaso le dió una vuelta, y con un "bienvenida, hermosa" le mostró el camino hasta el escenario. De la mano del payaso pasó a la mano de la bailarina: esbelta, sonriente, ágil, preciosa. La bailarina la llevó girando y girando a su alrededor hasta el domador: musculoso, serio, imponente. El domador la escoltó hasta el final del escenario, y allí la despidió. Un arlequín iba a tomarla de la mano cuando todo en patrañalandia se volvió hielo. La bailarina dejó de girar, el domador congeló hasta su bigote, y el arlequín con su carita risueña se quedó mirándola como si fuera de cera. Ni las hojas de los árboles se movían.
- ¡Lorenza, hace dos horas que estás ahí parada en el zaguán con cara de boba! ¡Entrá querés!- le dijo su hermana.

La historia de Lorenzita: Lorencia en el país de las Patrañas

Al salir del spa, y con una sonrisa en la cara dibujada por los químicos que pululaban en la peluquería, Lorenza se encontró a sí misma en un mundo totalmente cambiado.
Se encontró frente una puerta rodeada de globos y cintas de colores. El olor a desodorante barato de ambientes desbordaba por los rincones. Inmersa en el astado estuporoso en el que se encontraba se introdujo en patrañalandia.
Allí adentro todo era pulcro, de mármol, frío como una heladera. Caminó dos pasos y se dio cuenta de que no tenía zapatos. Caminó unos pasos más, y se dio cuenta de que le faltaban los pantalones… ups… más adelante… desapareció también la remera. Esta situación más que asustarla le dio risa, y probó de caminar más a ver si desaparecía la ropa interior. Pero eso no sucedió.
Una risita se escuchó a lo lejos. Lorenza se quedó quieta. El frío le recorrió de un latigazo el cuerpo. ¡Había alguien en patrañalandia! Ropa… ropa! Pasos se escucharon y crecieron en intensidad. Ropa… ropa! No había más que mesitas bajas, altas, de todos los tamaños, revestidas de algodón. Ropa… ropa! caminó con desesperación, no quería que la vieran. Las estrías de la cadera, la pancita globezca, los pechos que rebozaban de la taza del corpiño, las piernas carnosas, todo le daba vergüenza.
Hh! Se asustó. Alguien apareció frente a ella. Ambos rostros ocultaron su incomodidad tras una cara neutra. Lorenza escaneó al extraño. Delgado como Jesucristo, barba, piel tostada, parecía salido del cuadro del sagrado corazón de una vecina, solo que este redentor se veía un poco incómodo, aunque igual desprovisto de ropa que el del crucifijo.
Hubo intentos de risa, hubo miradas resignadas, hubo un largo rato de silencio.
- Esa no es la puerta.- dijo
- ¿Qué?
- Esa no es la puerta Lorenza, ¿¿¡qué te pasa??!
Su hermana le gritaba desde la cocina.
- ¡Hace dos horas que estás ahí parada en el zaguan con cara de boba! ¡Entrá querés! ¡Y ponete esa remera que el vecino no te deja de mirar!

La historia de Lorenzita: kill bell

El instante siguiente al haber dicho la frase frente al espejo, Lorenza se dio cuenta de algo... de no menor importancia: no era bella... era bello!
Bello bello bello corto y grueso le cubría las piernas, las patillas, el entrecejo y una parte de las orejas. Horrorizada, después de guardarse la carta del doctor en el corpiño, se levantó de la silla. Los músculos de las pantorrilas se endurecieron. Los pelos de la nuca se erizaron. Miró a la izquierda: la ventana, a la derecha: la puerta entreabierta. Su expresión cambió en segundos, achinó los ojos, movió las orejas, estiró el cuello, frunció la nariz.
Al poner un pie en el pasillo, y medio como en cámara lenta, vio la figura de una de las putas de bulín mover su cadera en el otro extremo. Se escanearon una a la otra. Lorenza miraba los tacos aguja, las piernas firmes, el abrupto escote, los aros enormes, los labios rojos. Lorbella (la puta) observó las picaduras de mosquitos de los tobillos, los moretones de las rodillas, las lineas convexas del abdomen, el cuello polar y... los bellos. Sonrió. Lorenza apretó los dientes. Ambas comenzaron a caminar fulminandose con la mirada.
Estaban a poca distancia, cuando una voz masculina habló desde el interior de cuarto, y un fuerte par de brazos tironearon la Lorbella fuera del ring.
Lorenza quedó marcando ocupado, pero no había perdido su determinación, así que siguió su carrera hasta la planta baja. No sin antes agarrar un pedazo de torta de la heladera, salió por la verja del frente con una idea clara:
Encontrar un centro de depilación.

La historia de Lorenzita: la paloma msjra

La paloma msjra
Una vez en su casa, Lorenzita entró en su habitación, y se sentó frente al espejo. Siempre que volvía después de haber estado mucho tiempo afuera le sucedía esto: se quedaba pegada al espejo, mirando algún grano de su cara.
Cuando le dio hambre, estiró la mano, y sacó de entre sus cosas, una manzana: de muy buen aspecto. Con todo el hambre que acarreaba, le dio un mordisco de buena gana. Sus dientes tocaron algo blandito, y medio amargo. Alejó la mano de la cara, y vio la mitad del cuerpo de un enorme gusano agonizando en el interior de la manzana. Una sensación de asco le recorrió el cuerpo, todo. La manzana salió volando por la ventana y estrelló contra la pared del vecino, y Lorenza, que ENCIMA estaba en sus días, se tiró a la cama y lloró por toda una tarde. Lloró maldiciendo al gusano de la manzana, y después lloró culpándose por haberla comido, y después lloró por el grano en su cara, después porque estaba gorda, después porque estaba sola en su pieza, después porque se sentía sola en su vida, y cuando llegó a llorar por toda la gente que estaba sola en el mundo se dio cuenta que ya era hora de parar de llorar.
Había que hacer algo. Algo como... algo como... miró con mucho cariño una bolsa de nachos que había en su mesita de luz, y con un gran esfuerzo estampó su mano reventando el paquete. Le gustó la sensación de los nachos crujiendo bajo sus dedos... cuando llegó la noche, la pieza de Lorenza era un solo desastre. De los nachos pasó a los almohadones, de los almohadones a las sábanas, de las sábanas a los peluches, arrancó las figuritas de las paredes, zapateó, gritó y desordenó hasta quedar tirada sobre un acolchado... muy cansada, sintiendo un gran alivio.
Llegó la mañana, y despacito despacito, Lorenza agarró el acolchado y lo dobló; agarró los pedazos de papeles rotos y lor tiró, los almohadones dispersos y los acomodó. Se tomó todo el día para decidir dónde iría cada cosa y al llegar la tarde ya no tenía como sostenerse en pie del sueño.
Justo antes de caer Lorenza en el quinto sueño, que dicen que es el más pesado, una paloma se estrelló en la ventana. Traía en el pico un mensaje del doctor: "Encontré esta frase que puede ayudar a seguir mejorándote, repetila frente al espejo"
Lorenza se durmió enseguida; nadie sabe cuántas horas durmió; pero cuando se levantó lo primero que hizo fue decir timidamente frente al espejo:
"Soy bella"

La historia de Lorenzita: love love love... no lo ve!!

Sucedió un fatídico día de otoño, que Lorenza fue atropellada por “el amor”: un camión que transportaba alimentos.
Su chofer, que venía de una larga jornada desde el norte del continente no vio a la distraída Lorenza que para cruzar la calle sin mirar es mandada a hacer, y después de una sonora frenada impactó con sus voluptuosas curvas.
Lorenza quedó en estado de shock por varios días, y hubo que curarle sus heridas con aloe vera y caolín.
Durante su estadía en el hospital, fue instruida por un joven médico a como vendar la cicatriz de su pierna, cómo bañarse para no atrasar el progreso, a disfrutar de comidas sanas; y entre venda va, venda viene, mirada va, mirada viene, esponjas, ungüentos y tecitos… Lorenza se mejoró y se fue a su casa.
Lo que sí, se quedó pensando en el nombre del camión.

La historia de Lorenzita: love love love... no lo ve!!

Sucedió un fatídico día de otoño, que Lorenza fue atropellada por “el amor”: un camión que transportaba alimentos.
Su chofer, que venía de una larga jornada desde el norte del continente no vio a la distraída Lorenza que para cruzar la calle sin mirar es mandada a hacer, y después de una sonora frenada impactó con sus voluptuosas curvas.
Lorenza quedó en estado de shock por varios días, y hubo que curarle sus heridas con aloe vera y caolín.
Durante su estadía en el hospital, fue instruida por un joven médico a como vendar la cicatriz de su pierna, cómo bañarse para no atrasar el progreso, a disfrutar de comidas sanas; y entre venda va, venda viene, mirada va, mirada viene, esponjas, ungüentos y tecitos… Lorenza se mejoró y se fue a su casa.
Lo que sí, se quedó pensando en el nombre del camión.

La historia de Lorenzita: el cuarto... episodio

Y en una nueva entrega de la historia de esta jeroína la encontramos a ella, la mismísima Lorenza Tremebunda en una agitada escena: corriendo despavorida, lejos de los brazos de un pretendiente. Este personaje, nuevo en la historia, comenzó dejando cartitas por debajo de la puerta del bulín (en realidad subía haciéndose el sonso al quinto piso, y pasaba sus cartas por debajo de la propia puerta de Lorenza, cosa de no herrarle, claro) más adelante ya se animó a hablarle.
Resumiendo, vio a nuestra pequeña… y no tan pequeña… Lorenzita, bañandose en el fuentón del lavadero con una esponja exfoliante. Resulta que desde ese momento el caballero en cuestión redobló sus apuestas, y comenzó a hablar con Lorenza cada vez que la cruzaba, de cualquier pavada que se le ocurriera. Con la nariz bien pegada a la de su interlocutora, que de más está decir que se ponía muy incómoda. Cuento corto, un día no aguantó más, y comenzó a correr en dirección opuesta a la del caballero hasta que lo perdió de vista.
Lo que pasó después fue que se perdió. Solo tenía la esponja de baño que a veces guardaba en su bolsillo, así que se bañó en un laguito que encontró, y disfrutó de su soledad hasta que se hizo de noche, y decidió volver sobre sus pasos rogando que la caminata de regreso la convirtiera en alce, o en zebra, o en castor… pero menos llegar a casa otra vez siendo Lorenza... Tremebunda.

La historia de Lorencita: el cuarto... episodio

Lorenza, era ciega de un ojo. Era tuerta, con todas las letras. Lo más raro era que a veces el ojo se le componía, y podía ver bien, pero otras veces se le nublaba hasta tal punto de no ver un solo rayo de luz. El otro ojo le andaba perfecto, si hasta tenía un medidor de visibilidad que le indicaba a cuántos kilómetros podía ver de acuerdo al clima del día. La medición estaba indicada en kilómetros y en millas, y Lorenza la podía ver en una esquina del ojo como en la lente de las cámaras fotográficas.
Sus hermanas la ayudaban a no tragarse a la gente cuando caminaba y estaba con el ojo izquierdo medio ciego. Y cuando ellas no estaban hacía esfuerzos por no quedar enredada en alguna caída que le costara un moretón.
Algo escondido de la historia de Loranzita es que tenía un ferviente admirador, que le mandaba cartas de amor a las que ella hacía oído sordo... o se las comía.

Dejá la bronca de lado Lorenza, le decía su abuelo. Dejala, no te hace bien. Te duele y te saca lagrimitas. Dejá de buscar a tu padre, le decía un amigo, y buscá a alguien que te acompañe en tu camino fuera del bulín de las sierras. Dejá de culpar a tu madre por ser "una madama rara y anticuada y todos los adjetivos negativos que se te puedan imaginar". Amar es simple, le decía otro amigo. Todos amigos bellos, bellos amigos. Lo que Lorenzita no sabía era que el espejo dfe su casa estaba roto, y en la relidad, la realidad que los demás veían, su rostro no era tan feo como ella creía... tenía solo algunas verruguas en la nariz.

La historia de Lorenzita: el epi so diotres

Hay varias versiones de la vida de Lorenzita. Hay quienes dicen que su cuerpo era escultural, y el prostíbulo... era más bien su lugar de trabajo. Su madre vivía en la casa de al lado, y se dedicaba a envasar dulces para vender a los turistas.
Algunos dicen que el que Platón (el papá)la visitaba varias veces al año trayendo de regalo plantines que las hermanas criaban en el jardín, a Lorenza las plantas se le morían si remedio. Una de las hermanas figura en otras historias como una exitosa bailarina de un ballet desconocido que, harta de la vida del prostíbulo se cambió el nombre y se fue a disfrutar del éxito en el anonimato. Hay una versión que cuenta de Lorenza y sus hermanas viviendo en un departamento oscuro y lleno de humo de cigarrillo en la ciudad de Buenos Aires. Alquilan las piezas del fondo a estudiantes universitarios, y gastan sus ganancias en películas en dvd, pochoclos y más cigarrillos de distintos sabores. Pero nos vamos a quedar con la que cuenta que Lorenza tenía tantas hermanas y hermanos que

La historia de Lorenzita: elepi sodio II

Algunos días, la vida en el prostíbulo le parecía tan monótona, que Lorenza salía a buscar a su padre. No estaba segura del nombre del circo en que trabajaba, así que pasaba meses de pueblo en pueblo, llamándolo entre lágrimas. Porque Lorenzita, además de ser una campeona del rascado, sabía muy bien llorar, y lo hacía sin reservas en cualquier situación y ante cualquier eventualidad, con mucho decoro y conciencia de representación melodramática. Hasta había descrito y publicado un libro que nunca nadie leyó sobre estilos de llanto, con ilustraciones. Lo que Lorenzita no sabía, era que a veces lo que ella llamaba llanto era en realidad risa… y a veces al revés... y a veces multiplicado por dos... y a veces dividido por ocho.
Se encontró con mucha gente en esos pueblos, y a todos mostraba un tatuaje de su papá que llevaba en el brazo por si lo habían visto.
Cuando se cansaba de buscar, y extrañaba su casa, volvía, y seguía rascándose. Tanto se rascaba que ya tenía un poco de barba… por más que la relación entre un hecho y el otro no tenga aparente conexión. O no la tenga en absoluto.

La historia de Lorenzita: episodio I

Lorenza se dedica a rascarse la mitad del día, y la otra mitad a comer. También sabe quejarse porque nada de lo que quiere tiene, y quejarse porque se queja mucho.Alquila una pieza en un prostíbulo. Ahí viven todas, sus hermanas (las pocas mujeres que no detesta, adoptadas como hermanas a falta de lazos de sangre) Lorenza, la dueña, y las putas que van y vienen mostrando su ropa interior vieja. Una de sus hermanas es mitad de madera, porque la tuvieron que arreglar después de un terremoto; así que anda por ahí mitad humana mitad pinocho. Se especializa en llevar el orden de la casa, ya sea gritándole a las plantas para que se mantengan derechitas o anotando en una libreta dónde quedaron marcadas las patas de la gata. Otra de las hermanas, solía ser una gran bailarina. Despreció el contrato de una importante compañía de danza porque una vez le dijeron algo que nunca quiso contar, y nunca más movió un dedo. Se dedica a cocinar tortas hasta quedarle los pelos chamuscados por el calor del horno.
Lorenzita tiene mucho que ver en las desapariciones de algunos de sus deliciosos postres. Dice que come porque nunca nadie la va a querer, por eso tiene derecho a dedicarse a su mayor placer que es el chocolate. Sí sabemos de un familiar cercano de Lorenza: su padre. El circo lo requirió desde muy pequeño, porque en el país del que venía el servicio militar no era obligatorio, sino el estudio de las disciplinas circenses. Así partió Platón, como le decían sus amigos, a cumplir su tarea por la patria, y lo hace con tanta dedicación, que solo vuelve en esa preciada fecha en que se prepara la gran tortada del año, a la que todos están invitados, incluso las putas del bulín, y en donde nadie comenta nada de sus desgracias, sino que comparten sonrisas y comen y comen y comen.