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Lorenzo era... Lorenzo es... Lorenzo Lorenzo. Lorenzo es lo que Lorenza cree que le falta para ser un ser humano completo. Lorenzo es Lorenza, es todos sus reproches, sus deseos y sus aspiraciones. Lorenzo es una idea, una vision y a veces un hombre concreto que debe padecer las ideas descabelladas de Lorenza sobre el mundo. La mayor parte del tiempo, Lorenza llora por su Lorenzo, y la otra llora porque su Lorenzo no es lo que ella quisiera. Entonces entra la figura de Juan. Otro hombre imaginario. Que viene a compensar la de Lorenzo que también lo es, pero que está más cerca de la utopía hospitalaria. Juan es hipotético, es real en un futuro, es inalcanzable. Pareciera que es necesaria una remodelación completa en la arquitectura psicológica de Lorenza para que la aparición de Juan en su vida sea tangible, duradera.
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Lorenza escapó. Les digo que realmente escapó. Se fue al país donde todo es helado. ¿Me creen? Todo es helado. De frutilla, de sambayón, de menta. Pero en serio les digo que Lorenza se fue, se escapó. No se cómo hizo pero finalmente lo logró, un día en que no encajaba nada, y el sistema, y el huevo y la gallina, y la espiral hacia el llanto. No me crean si quieren, pero creanme. Lorenza logró lo que la mujer que escribió el libro el secreto estaría asombrada de escuchar. Su antena humana atrajo tanta bondad, tanto lo que deseaba, que terminó vagando por el país hecho de helados. Y ahora se hace agua mi relato con la pregunta: cómo hizo para no congelarse, o para no asquearse, o para no pegotearse. Pero necesito que me crean que Lorenza por fin salió. Salió de la espiral tobogánica hacia el llanto y se puso a bordar, o a cantar a la gorra en la playa, o a hacer cualquier cosa pero irradiando, iluminada por la insistencia de su columna vertebral encendida. De sus células en combustión. No importaba si afuera llovía, hacía calor, o llegaban en masa con palos y puntas. Lorenza a su ritmo, tomaba el aguita que la mantenía viva. No esperaba nada tampoco. Estaba como un Buda anárquico en una danza macabra hacia la transformación imperceptible. Tampoco le importaba lo que dijeran de su no le importaba. No pensaba lo que no pensaba. Que dichosa osa, ella que antes era tan vaso y tan plato, feliz y sonriente entre sus niños huérfanos. Hoy se transformaba en nada distinto. Hoy dejaba sus pesadas orejas de elefante para para. Para. Que despelote... por eso se escapaba.
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Uno de los tantos trabajos que tuvo Lorenza, fue como pasante en un criadero de monstruos. Su título de bachiller la habilitaba para algunas tareas en la institución y así fue como la contrataron para plancharles y doblarles la ropita.
No me van a creer.
Los progenitores de las larvas de monstruos los traen apenas fecundados en cajitas con agua. Las nanas de nivel inicial se encargan de darles una vez al día una gotita de caldo de cartón. A veces se olvidan entre café y café, pero no importa porque igual el cartón no les sirve para nada. A los dos años asoman sus horribles manos, babosas; sus orejas puntudas y las paletas que tienen por dientes fuera de la cajita y se empiezan a mover como ratas por los pasillos. Pasan al cuidado de las nanas del siguiente nivel quienes les preparan comidas más suculentas. Aveces les dan de más, pero no importa porque igual se van a convertir en monstruos.
Lo importante pasa cuando les crecen los dientes, los cuernos, las crestas, y empieza la rigurosa enseñanza de cómo destruir todo lo que encuentren a su paso. Aquí un interesante dato: ningún criador había salido alguna vez del recinto; preparaban a los monstruitos para enfrentar un mundo que no conocían pero que suponían que necesitaba seres poderosamente afilados y arrolladores. Y así bien rebosaditos los catapultaban después de su graduación de la pirca para afuera.
Lorenza, que sí había estado afuera, digamos que había olido alguna vez el pasto en primavera, no entendía el funcionamiento del criadero, y no tardó en renunciar a su puesto para dedicarse a comer, rezar, amar y hacer duendecitos de porcelana fría. Ya no percibiría la cantidad de dinero que planchar y doblar le proporcionaba, pero nunca había hecho muy buen uso de ella. Se la comía.
Pasados varios meses empezó a dudar de la verdadera existencia de ese monstruoso lugar y se alegró de convencerse que lo había imaginado todo. Fue una ensalada con mucho ajo que la tuvo de mal humor por varios días y la hizo creer que existían lugares donde se monstruifica gente a granel.
¡Felicidades monstruitos hermosos! ¡Dondequiera que estén!
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De pronto una noche volvió. ¿Quien es? Soy yo. Se habían conocido en la secundaria, cursaron un año juntas del bachillerato en ciencias de la ecología astrológica, sin prestarse mucha atención. La frenó a Lorenza en el medio de una vereda y le dijo:
- Mirá Lorenza, yo se que la gente que te conoce tiene vergüenza de decirte esto, pero yo no tengo pelos en la lengua.
Lorenza la miró con su carita de boba. La tenía bien ensayada para cuando le preguntaran si ya estaba leyendo el libro de 567 páginas para su curso de grabado.
- Sos una mujer ENORME
Lorenza hizo plim plim con los ojitos.
- Gracias :)
- No Lorenza, sos enorme, no pasás por las puertas.
Lorenza se hechó una mirada hasta donde llegaba su cuello.
- Pero yo soy hermosa... dijo tímidamente
- ¡Claro que sos hermosa! Pero hacete cargo, las mujeres enormes tienen la tarea de sostener un pedacito de verdad único (se acercó para hablar más bajito) su sola existencia es una revolución. (Ahora subió mucho el volúmen) Y no me vengas con que tenés que hacer esto y aquello para perfeccionar tu vida. Entrenarte día y noche para ser una excelente escultora de piedras pómez, y así por fin revindicar tu figura. Dejá de pedir disculpas por existir, caramba.
Y se alejó, dejando a Lorenza en una profunda reflexión que la tuvo preocupada por la siguiente hora............... ¿Cómo se llamaba esa chica?
Al mes siguiente recibió una carta de Franca (así se llamaba). Cortita. Decía:
Tranquilos como en un partido que va cinco a cero, los que nos parecemos un poquito en la nariz o la oreja a alguna estrella de cine pensamos "Ahhh que alivio, tengo tantas chances en este mundo acogedor". Deberíamos (y acá la carta estaba manchada con café).
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Lorenza estiró la mano y sacó del cajón de su mesita de luz, un paquete de maní. Eran las cuatro de la mañana y estaba desvelada. Había soñado con los típicos viajes, había tenido los típicos sueños representantes de sus miedos más idiotas. Y ahora no podía pegar un ojo. No se podía levantar. No podía dormir, tenía hambre, hambre; no podía pensar, desde el interior de su panza algo rugía y vociferaba rogando ser saciado. ¿sexo? ¿compañía? ¿realización personal? las preguntas le daban más hambre. Maní, maní, el maní era lo único que parecía brindarle alguna respuesta. Su día había consistido en una pequeña caminata, un rato de lectura, un almuerzo decente, un rato de limpieza, un rato de ejercitación acrobática, todo intercalado por ratos de mirada fija en una pantalla y tipeo frenético. Algo le faltaba, carajo. Algo le faltaba, y a esto venía a colación el maní. El problema fue cuando la bolsita del preciado fruto seco se acabó, y el edificio de preguntas existenciales cayó sobre su cabeza, junto con algunas dudas acerca del rumbo de su vida, su actitud frente a otros, sus elecciones, su pasado y su futuro. Todo caía a pedazos, en cámara lenta y Lorenza deseaba tener un tele en el que colgar su cabeza por un rato. Pero no tenía tele, así que se quedó ahí, junto a la bolsa vacía de maní, y al abismo que se abría frente a ella que significaba su propia vida. Nada, mirando. Observando. No tenía ganas ni siquiera de enderezar la espalda. Parecía un monito. Oh... que lindo un monito, que lindo sería ser un monito. Y comer piojitos, y tener monitos, y no tener que pensar en cómo ganar dinero el mes que viene. Esa pregunta le pesaba como una pelopincho llena de yogurt. ¿Cómo lo lograron nuestros progenitores? ¿Cómo no perecieron en el intento? de angustia, de desesperación, de aburrimiento??!! ¿cómo sobrevivir en el mundo, hoy? se preguntaba. Cómo sobrevivir si solo soy un monito de circo... Me encanta ser un monito de circo, me gusta serlo, lo soy con tranquilidad y aplomo, con mis pelos de mono, mis ojos de mono, mis manos de mono, mi sonrisa de mono, mi inocencia de mono. Soy felíz. Pero no me siento capaz de sobrevivir en un mundo donde se me pide vestirme de seda. Y bailar, por la plata.
Lorenza comió un piojito del lomo de su mono, tomó su mano, la envolvió en las suyas, se acurrucó a su lado, y se durmió. Mona.
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Lorenza largó el zarpazo. Zarpó en un barco con balcón y escaleritas. Y ahí estaba, agarrada a la baranda de la proa, cerquita del centro y del piso, tenía miedo de caerse, y el barco se movía, y ella no se atrevía a levantar los ojos. Iba ya a una velocidad considerable; se notaba por el viento que le masajeaba la espalda. Lorenza se resiste a mirar. Sabe que el timón le pertenece, que no hay nadie más en las habitaciones de adentro más que sus juguetones o disciplinados fantasmas. Momento... sí hay gente adentro. Gateando, con la cabeza zumbante y el estómago revuelto, se acercó hasta la puertita que conducía al interior.
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Lorenza había llegado a la cima de una montaña. Era Una montaña pequeña. Una loma. Una lomada. Y miraba el mundo con sus lentecitos de lenteja. Porque tiene mucho hierro, claro, y son buenas para la circulación. A Lorenza siempre le había gustado todo lo que tuviera que ver con las verduras, así que la llegada a esa cima tenía mucho sentido. Se sentía bien. Circulaban y circulaban las ideas en su mente. Despacito, tranquilas. Embotelladas, atascadas, cortadas, hambrientas, tan hambrientas, explosivas, cortantes, filosas. Se mecía, se hamacaba sobre sus dos piecitos. Sobre su gran cola de pez. Sobre su gran cola. Redonda. Borracha. Alegre. Medio que se hacía la borracha. Se me hace que le venía tan a gusto estar así. Y miraba también. Desde lo Alto de la Lomada. Unos años para adelante. Unos años para atrás. Y se reía. Y sonreía. Y le caía la baba. Y el solcito le lamía las orejas. Y ahí en la cima de la lomita, deseaba con gran longitud y extensión llegar más alto. Transportada por un rayo de sol. Estrellada por un beso divino. Meciéndose de cara al vientito de la mañana. La cabeza apoltronada entre los hombros. Las manitos colgando entre las piernas. Había agua a los lados. Había humedad colgando de adentro. Los hongos de siempre, conquistadores atentos de espacios descuidados. Juguetones.
Se la veía fundida, tan distinta, tan igual que siempre. Sin embargo en algún punto, gota a gota, en algún sorbo de té, en alguna hoja de algo, su cantito monocorde o de segundas menores o de virtuosa nada, había sido escuchado, comprendido y respondido. Gracias gracias gracias gracias.
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Un día Lorenza viajó al futuro. Un futuro en un mundo que nunca supo si era este u otro. Con otro calendario maya, y otros libros de historia. Lo único que sabe es que se metió al lavarropas huyendo de si misma un día de muchas preguntas y poco sangrado. Y después del centrifugado, salió disparada hacia otro mundo mucho mas flayero y más brillante que el nuestro. Dedujo que era el futuro.
Presenció un suceso que aparecería después en esos libros de historia. O en novelas popularisimas de amor. Los hombres habían hecho barricadas en un extremo de la ciudad y quemaban gomas y se defendían con flechas de las mujeres. Éstas, con banderas rojas y lanzas se la pasaban pintando sus cuerpos para la batalla, pero nunca salían al encuentro. Los hombres por su parte organizaban multitudinarias zapadas en las que podían pasar días y días en el éxtasis de la improvisación, ejecutando instrumentos de cuerdas, de viento y de percusión. Cuando salían del trance dormían varios días más. Y ahí ocurría lo curioso: el bando contrario se lavaba la pintura, se vestía con túnicas de seda y salía sigilosamente hasta las carpas masculinas. Y les cantaban canciones de luna. Se acercaban a sus cuerpos fibrosos y barbudos con aire mtrnl. Sin vocales, claro, porque no podían pronunciar la palabra maldita.
Se acercaban tanto como podían a esos cuerpos calientes hundidos en sueños y recordaban las historias que les contaron las brujas sobre cosas que nunca habían experimentado porque habían nacido en período de guerra.
Lorenza las acompañó, porque sin dudarlo se había unido a su bando. Y miró a los hombres ahí exhaustos. Con sus taparrabos sencillos. Y supo que algún día ese pueblo escribiría la historia de "una mujer que se animó a quebrantar el voto colectivo, despertar a uno de esos animalitos salvajes y llevarlo a un ritual de fuego en el que aprenderían a lavarse los dientes en compañía".
Lorenza, cuando vio que no había más nada para hacer o mirar, metió la cola en un balde, y salió del otro lado por la boca del lavarropas. Quiso empezar una revolución similar en su propio mundo, pero los hombres y las mujeres de su pueblo estaban en un estadio anterior al caos: se juntaban por conveniencia y se hacían el amor por deber. Pero no eran esos hombres y mujeres los que agitarían la lucha encarnizada, no. Lo harían las viejas resentidas y sus gatos. Lorenza se pasó el resto de la tarde tratando de descubrir con métodos matemáticos cual de las tres mujeres sería ella, cuando fuera grande. (A saber: la que tuviera que ver con gatos, la que agitara la castidad o la que invita a recrear historias)
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Lorenzo ha muerto. No se los quería decir. Lo lloran las prostitutas que lo deseaban al verlo pasar por los pasillos, tan bueno él. Tan bueno. Tan bueno que era bello. Lo llora la tía de Lorenza que era adivina y había vaticinado hijitos y casamiento de blanco.
Lorenzo ha muerto y Lorenza siente que se le salió un pedazo. No se le salió nada. Un diente nomás que estaba muy picado. Pero la sensación era tan real que Lorenza por varios meses años usó cabestrillos, yesos, muletas, cuellos ortopédicos, porque podía jurar que se moría.
No se murió ni mucho menos. Cumplió un año más nomás. Y no llegó a llevar a cabo su plan para suicidarse porque se entretuvo con un perrito que encontró en la vereda.
Que triste. jajaja. Que feo. Murió Lorenzo. No puede morir el co-protagonista de una historia!
Loranza se tatuó su nombre en la pierna. No, mentira.
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Y pasó que eventuelmente todo llegó al climax de la felicidad. La realización personal de la que hablan tantos libros de autoayuda y que para Lorenza significó lo siguiente... sublimó sus deseos de ser madre inaugurando un jardin maternal que llamó "salvajes en el barro". Nada de corazoncitos de colores o barquitos de papel. Los chicos se metían en el barro los días de lluvia y los días de sol se sentaban a recibirlo después de las 5 de la tarde. Algunos padres huyeron despavoridos, y el jardín pasó por sus momentos de sequía. Se sentía un poco sola con el proyecto a veces, así que fabricó con la plastilina del salón del enchastre, un muñeco que se parecía mucho a Lorenzo y que de hecho nombró así. No, le puso Juan. Porque así podía ser su abuelo, su medio hermano, su amigo gay, su amor platónico. Juan. Juanes. La camisa negra. lalala.
Pero eso no fue todo. En sus tiempos libres, cuando la guardería le daba un respiro, Lorenza finalmente y como siempre desde hacía unos meses había querido, formó una banda. La banda más color... no, más fiest... no, más virtuo... no, una banda. Una banda de gente, una banda de instrumentos, una banda de canciones y escenarios. Llegaron hasta el centro cultural españa córdoba y el festival ese del flequillo en Edimburgo. (use google señor lector)
Y así termina este capítulo, porque Lorenza quiere una banda, y creer y crear... y contar y hacer realidad lo contado.
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¿Les conté sobre la vez que Lorenza tuvo una experiencia religiosa de transfiguración? Bueno, una vez casi lo había logrado. Lorenzo había vuelto al pueblo con una nueva novia y Lorenza tuvo que saludarlos a los dos con su mejor cara, sintiéndo profundamente el deseo de romper todo lo que había a su alrededor.
Pero esa es otra historia, la vez que Lorenza realmente se vió arrasada por una ola de furia fue el día en que se había propuesto salir de su termo a ver una obra de teatro. Ni bien se sentaron todos a esperar ese momento maravilloso en que las luces se apagan para dar lugar a la fantasía, Lorenza lo vio. Vestido con un buzo deportivo azul eléctrico de material sintético, y sentado al lado de una muñequita de porcelana con un moño en la nariz. Acariciándole la cabeza como a un perrito.
Lorenza sintió como sus pies se volvían cada vez mas peludos. Sus orejas se agrandaban hasta tocar el techo. Colmillos de todos los tamaños se multiplicaban en su boca. Y toda su piel se llenaba de un pelaje del mas aterrorizante color obispo. Ante las bocas abiertas de la audiencia, caminó cual hombre de las nieves hasta la primera fila, se paró frente al innombrable, lo agarró de la solapa de su desagradable campera deportiva azul eléctrico de material sintético, acercó nariz a cara y dejando que su aliento hirviendo saliera junto a su voz de ultratumba le dijo: ¿Qué pensás de la vida?
El innombrable sonrió chiquito.
Lorenza transfigurada se igruió y con el sujeto entre sus manos todavía, siguió. Lo que yo pienso es que estás en el mismo lugar que los narcotraficantes, los golpeadores y los obesos sin un ápice de voluntad de cambio. ¿Y sabés por qué te lo digo? el tono de voz se volvía cada vez mas alto. Quiero que toda esta gente que te conoce y con la que hablás de pelotudeces superficiales mientras esta muñequita te espera afuera solita viéndose bonita para que vos seas feliz, que YO salí con vos a tomar un helado, y ESO PARA MI, fue importante, Y AGRADECÉ que no te dejé entrar a mi cuarto a ver las fotos que tengo colgadas en las paredes porque en este estado ya te habría tragado de un bocado. insulto censurado. Te mereces que te metan en un entrenamiento largo y duro en algun área del conocimiento que no te guste.Porque sabés qué te va a pasar si seguis así tomando helados con otras mientras ella te espera? nada, eso te va a pasar. Ah! ¿La muñequita ya sabe que "así elegis vivir"?. pues QUÉ pelotuda. insulto sin censurar. Tan hermosa que es. Nada te va a pasar, vas a seguir viviendo así, creyendo que descubriste la PÓLVORA hasta que tengas cuarenta años y te creas sexy: bronceado y con canas, hablando de tus conocimientos básicos de medicina china para impresionar a quinceañeras tontas. Ojalá yo sepa elegir mejor la próxima vez que invite a alguien a tomar un helado, porque sabés qué? ME ENCANTA EL HELADO y prefiero compartirlo con alguien que no sea tan CARETA de pensar que es suficiente con sostener la imagen de ser el hombre mas tierno del mundo. Te falta tanta sopa por tomar querido.
En este punto, el efecto ya estaba cediendo, y Lorenza había dejado al innombrable sentado de nuevo en su silla. La audiencia había recuperado el habla y pedía por favor que empiece la función. Lorenza, arrastrando las manitos que todavía, hipertroficas, rozaban el suelo, y refunfuñando en un idioma desconocido se alejó hasta el río a meter las patitas al agua. Sintiéndo que de alguna forma... después de todo y por su propio bien. Lo perdonaba.
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Pero la parte mas asombrosa fue cuando Lorenza fue abducida por los acróbatas. Digamos que fue amablemente empujada dentro de una trafic que se dirijía a la capital del país llena de músicos, acróbatas y veganos. Lorenza venía de pasar el día en la fuente de los deseos y como no tenía nada que hacer se dejó raptar, y alimentar con cous-cous, bocaditos de apio y salsa golf (vegana). Hasta sostuvo a uno de los niñitos de esta gente en brazos mientras el papá hacía un solo de gaita pensando: qué cosa tan bonita. El nene.
Viajaron once horas hasta un campamento, donde bailaron y tocaron sus instrumentos y dejaron a sus niñitos correr por ahí con los perritos. Cada vez que Lorenza quería escurrirse por algún lado, aparecía alguien que le mostraba alguna artesanía y la hacía volver con pocas ganas cerca del fuego.
Luego de otras once horas de viaje, llegaron hasta una enorme fortaleza de hojas de palmera y barro. Ahí se formaron todos en una gran ronda, gritaron frases al unísono y se dedicaron cada uno a su tarea. Lorenza fue rodeada de un grupo de más de diez personas que como buenos abductores, la trataban como si fuera su tarea por la patria instruirla en el arte de la acrobacia. Por cierto que Lorenza, con todo el entusiasmo que esto le empezaba a producir, copió y se esforzó por lograr los movimientos lo mejor que pudo. Pronto toda su vida era el "Campo de concentración y meditación acrobática de Helm Park Avenue de Wisconsin y Church". Luego de un mes: su casa.
Se levantaba no sabía a qué hora porque no tenían relojes, hacía 364 abdominales de 380 grados, a saber: de panza, de un costado, de espalda y del otro costado. Y después seguía con todo tipo de preparaciones para la acrobacia desde amasar chapatis hasta ejercicios de contact. Todo era preparativo para la futura acrobacia mayor. Lorenza miraba a sus hermanos, porque ahora eran sus hermanos veganos, hacer piruetas en el salón principal y en los otros también y decía: algun día voy a ser así, y hacía abdominales abdominales abdominales. Horarios de comida no había, comían cualquier cosa a cualquier hora. Cascaras de banana, hojas de parra, mucho cous cous, huevos estrellados, con cáscara. Lorenza no podía creer la lucidez y la fuerza que estaba generando, hasta había desarrollado una habilidad que la había hecho famosa: podía adivinar cosas. A veces adivinaba el color de la ropa interior de la gente. A veces adivinaba quién iba a llegar de visita, a veces adivinaba qué habías soñado, le venía de a ráfagas las cuales eran aplaudidas y celebradas. Tuvo que ser varias veces intervenida por el médico/chamán/doctoradoenpsiquiatría/botánicoespiritista japonés el doctor Schaw por problemas en las rodillas y en la columna lumbar, pero todo fue viento a favor y Lorenza ya no era la misma. De hecho NO era la misma, se vestía con túnicas de algodon, su cuerpo había cambiado, su pelo, su color de ojos, su forma de actuar y pensar hasta su pasado y su futuro. Y su nombre: La llamaban Omninaguanatuya, aunque su madre su padre y todas sus hermanas la siguieron llamando Lorenza cuando hablaban con ella por teléfono. La voz! eso, la voz era lo unico que no había cambiado.
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Hubo un dìa en que Lorenza recordó que no había registrado lo maravilloso que habìa sido su primer beso. Y quien había estado del otro lado sino nuestro ya querido por lo tan nombrado: Lorenzo.
Era una tarde fresquita de Mayo... y Lorenzo acababa de venir del dentista, ya sin sus aparatos de alambres y cuadraditos de metal. No, momento, ese fue otro beso magnifico, rebosante de olor a menta. Era una noche fresquita de Septiembre, el mes del amor, o es Noviembre? Bueno, cuestion que Lorenza, tenía una cadenita con una ele dorada (su inicial, se comprende?) Y Lorenzo también tenía su inicial, pero tatuada en la parte izquierda alta de su espalda. Tengo tu inicial tatuada y vos tenes mi nombre en tu cuello! Para Lorenza fue como su sueño de que Nik Carter la invitaba a desayunar hecho realidad. Como que de repente su tía rica la invitara al shopping a comprarse un saco nuevo. Como que papá las llevara a ella y a todas las niñitas de su casa a tomar helado. En un parque de diversiones. Y les dejara pedir baño de chocolate. No, nada de eso se comparaba. Un chico había dicho que su corazón le pertenecía. Y Lorenza estaba lela de amor.
Lo que seguía era una expresión de cariño, cualquiera, y en esto me alegro de que mi mamá no me hubiera dejado ver mucha tele. A quien? a mi?? no... estamos hablando de Lorenza. A Lorenza no la dejaban ver tele. No tenían tele en el burdel. Cuestion que el beso no fue copiado de ningun lado.
Y justo cuando el velo entre quien escribe y el personaje está demasiado transparente, y todo pareciera ser un desahogo por tiempos pasados que no volverán, Lorenza despierta. Justo sobre los labios de Lorenzo, y le dice que no quisiera que ese momento termine nunca, y que no le importaría enfrentarse a dragones con sarna, caniches endiablados, o bufones de muy poco talento, con tal de perpetuar (si, Lorenza tenía un vocabulario amplio) perpetuar ese momento de alguna forma, y darle el valor de único y muy valioso (Very Important Moment), alguna placa o algo así, que los peatones podrían leer en otros años mientras esperaran el colectivo al pueblito de al lado. Con un pequeño monumento. Y una fuentecita de los deseos. Bueno, tal vez algunos hijos también a quienes mandar a la universidad y poner nombres aborígenes, pero eso después se vería. Y así le dijo: que bien que me siento, aca, con vos, Lorenzo. Y empezó a llover. Y la lluvia calló sobre la garita del colectivo y Lorenza respiraba profundo para llevarse todos los detalles. Los truenos se hacían más nítidos, y las sábanas de la cama más resignadamente reales.
Lorenza mira alrededor, escucha la lluvia, sale de su casa en piyama, sus pechos caídos tocan ya sus rodillas... certeza de que el tiempo ha pasado desde aquel recuerdo. Camina, aun bajo la lluvia, tres kilómetros hasta el pequeño monumento con fuentecita de los deseos. Ya toda llena de barro, mete los pies en la fuente. Saca algunas monedas, las tira de nuevo, se come unas frutillas que había plantado alrededor, se sopla los mocos, corta unas florcitas, las acuna y las lleva hasta su casa contándoles cuentitos para que se duerman.
