De pronto una noche volvió. ¿Quien es? Soy yo. Se habían conocido en la secundaria, cursaron un año juntas del bachillerato en ciencias de la ecología astrológica, sin prestarse mucha atención. La frenó a Lorenza en el medio de una vereda y le dijo: - Mirá Lorenza, yo se que la gente que te conoce tiene vergüenza de decirte esto, pero yo no tengo pelos en la lengua. Lorenza la miró con su carita de boba. La tenía bien ensayada para cuando le preguntaran si ya estaba leyendo el libro de 567 páginas para su curso de grabado. - Sos una mujer ENORME Lorenza hizo plim plim con los ojitos. - Gracias :) - No Lorenza, sos enorme, no pasás por las puertas. Lorenza se hechó una mirada hasta donde llegaba su cuello. - Pero yo soy hermosa... dijo tímidamente - ¡Claro que sos hermosa! Pero hacete cargo, las mujeres enormes tienen la tarea de sostener un pedacito de verdad único (se acercó para hablar más bajito) su sola existencia es una revolución. (Ahora subió mucho el volúmen) Y no me vengas con que tenés que hacer esto y aquello para perfeccionar tu vida. Entrenarte día y noche para ser una excelente escultora de piedras pómez, y así por fin revindicar tu figura. Dejá de pedir disculpas por existir, caramba. Y se alejó, dejando a Lorenza en una profunda reflexión que la tuvo preocupada por la siguiente hora............... ¿Cómo se llamaba esa chica? Al mes siguiente recibió una carta de Franca (así se llamaba). Cortita. Decía: Tranquilos como en un partido que va cinco a cero, los que nos parecemos un poquito en la nariz o la oreja a alguna estrella de cine pensamos "Ahhh que alivio, tengo tantas chances en este mundo acogedor". Deberíamos (y acá la carta estaba manchada con café).

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