Uno de los tantos trabajos que tuvo Lorenza, fue como pasante en un criadero de monstruos. Su título de bachiller la habilitaba para algunas tareas en la institución y así fue como la contrataron para plancharles y doblarles la ropita. No me van a creer. Los progenitores de las larvas de monstruos los traen apenas fecundados en cajitas con agua. Las nanas de nivel inicial se encargan de darles una vez al día una gotita de caldo de cartón. A veces se olvidan entre café y café, pero no importa porque igual el cartón no les sirve para nada. A los dos años asoman sus horribles manos, babosas; sus orejas puntudas y las paletas que tienen por dientes fuera de la cajita y se empiezan a mover como ratas por los pasillos. Pasan al cuidado de las nanas del siguiente nivel quienes les preparan comidas más suculentas. Aveces les dan de más, pero no importa porque igual se van a convertir en monstruos. Lo importante pasa cuando les crecen los dientes, los cuernos, las crestas, y empieza la rigurosa enseñanza de cómo destruir todo lo que encuentren a su paso. Aquí un interesante dato: ningún criador había salido alguna vez del recinto; preparaban a los monstruitos para enfrentar un mundo que no conocían pero que suponían que necesitaba seres poderosamente afilados y arrolladores. Y así bien rebosaditos los catapultaban después de su graduación de la pirca para afuera. Lorenza, que sí había estado afuera, digamos que había olido alguna vez el pasto en primavera, no entendía el funcionamiento del criadero, y no tardó en renunciar a su puesto para dedicarse a comer, rezar, amar y hacer duendecitos de porcelana fría. Ya no percibiría la cantidad de dinero que planchar y doblar le proporcionaba, pero nunca había hecho muy buen uso de ella. Se la comía. Pasados varios meses empezó a dudar de la verdadera existencia de ese monstruoso lugar y se alegró de convencerse que lo había imaginado todo. Fue una ensalada con mucho ajo que la tuvo de mal humor por varios días y la hizo creer que existían lugares donde se monstruifica gente a granel. ¡Felicidades monstruitos hermosos! ¡Dondequiera que estén!

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