Lorenza escapó. Les digo que realmente escapó. Se fue al país donde todo es helado. ¿Me creen? Todo es helado. De frutilla, de sambayón, de menta. Pero en serio les digo que Lorenza se fue, se escapó. No se cómo hizo pero finalmente lo logró, un día en que no encajaba nada, y el sistema, y el huevo y la gallina, y la espiral hacia el llanto. No me crean si quieren, pero creanme. Lorenza logró lo que la mujer que escribió el libro el secreto estaría asombrada de escuchar. Su antena humana atrajo tanta bondad, tanto lo que deseaba, que terminó vagando por el país hecho de helados. Y ahora se hace agua mi relato con la pregunta: cómo hizo para no congelarse, o para no asquearse, o para no pegotearse. Pero necesito que me crean que Lorenza por fin salió. Salió de la espiral tobogánica hacia el llanto y se puso a bordar, o a cantar a la gorra en la playa, o a hacer cualquier cosa pero irradiando, iluminada por la insistencia de su columna vertebral encendida. De sus células en combustión. No importaba si afuera llovía, hacía calor, o llegaban en masa con palos y puntas. Lorenza a su ritmo, tomaba el aguita que la mantenía viva. No esperaba nada tampoco. Estaba como un Buda anárquico en una danza macabra hacia la transformación imperceptible. Tampoco le importaba lo que dijeran de su no le importaba. No pensaba lo que no pensaba. Que dichosa osa, ella que antes era tan vaso y tan plato, feliz y sonriente entre sus niños huérfanos. Hoy se transformaba en nada distinto. Hoy dejaba sus pesadas orejas de elefante para para. Para. Que despelote... por eso se escapaba.

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