Lorenza estiró la mano y sacó del cajón de su mesita de luz, un paquete de maní. Eran las cuatro de la mañana y estaba desvelada. Había soñado con los típicos viajes, había tenido los típicos sueños representantes de sus miedos más idiotas. Y ahora no podía pegar un ojo. No se podía levantar. No podía dormir, tenía hambre, hambre; no podía pensar, desde el interior de su panza algo rugía y vociferaba rogando ser saciado. ¿sexo? ¿compañía? ¿realización personal? las preguntas le daban más hambre. Maní, maní, el maní era lo único que parecía brindarle alguna respuesta. Su día había consistido en una pequeña caminata, un rato de lectura, un almuerzo decente, un rato de limpieza, un rato de ejercitación acrobática, todo intercalado por ratos de mirada fija en una pantalla y tipeo frenético. Algo le faltaba, carajo. Algo le faltaba, y a esto venía a colación el maní. El problema fue cuando la bolsita del preciado fruto seco se acabó, y el edificio de preguntas existenciales cayó sobre su cabeza, junto con algunas dudas acerca del rumbo de su vida, su actitud frente a otros, sus elecciones, su pasado y su futuro. Todo caía a pedazos, en cámara lenta y Lorenza deseaba tener un tele en el que colgar su cabeza por un rato. Pero no tenía tele, así que se quedó ahí, junto a la bolsa vacía de maní, y al abismo que se abría frente a ella que significaba su propia vida. Nada, mirando. Observando. No tenía ganas ni siquiera de enderezar la espalda. Parecía un monito. Oh... que lindo un monito, que lindo sería ser un monito. Y comer piojitos, y tener monitos, y no tener que pensar en cómo ganar dinero el mes que viene. Esa pregunta le pesaba como una pelopincho llena de yogurt. ¿Cómo lo lograron nuestros progenitores? ¿Cómo no perecieron en el intento? de angustia, de desesperación, de aburrimiento??!! ¿cómo sobrevivir en el mundo, hoy? se preguntaba. Cómo sobrevivir si solo soy un monito de circo... Me encanta ser un monito de circo, me gusta serlo, lo soy con tranquilidad y aplomo, con mis pelos de mono, mis ojos de mono, mis manos de mono, mi sonrisa de mono, mi inocencia de mono. Soy felíz. Pero no me siento capaz de sobrevivir en un mundo donde se me pide vestirme de seda. Y bailar, por la plata. Lorenza comió un piojito del lomo de su mono, tomó su mano, la envolvió en las suyas, se acurrucó a su lado, y se durmió. Mona.

0 comentarios:
Publicar un comentario