Lorenza largó el zarpazo. Zarpó en un barco con balcón y escaleritas. Y ahí estaba, agarrada a la baranda de la proa, cerquita del centro y del piso, tenía miedo de caerse, y el barco se movía, y ella no se atrevía a levantar los ojos. Iba ya a una velocidad considerable; se notaba por el viento que le masajeaba la espalda. Lorenza se resiste a mirar. Sabe que el timón le pertenece, que no hay nadie más en las habitaciones de adentro más que sus juguetones o disciplinados fantasmas. Momento... sí hay gente adentro. Gateando, con la cabeza zumbante y el estómago revuelto, se acercó hasta la puertita que conducía al interior.

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