La historia de Lorenzita: la Cima de la Montaña

Lorenza había llegado a la cima de una montaña. Era Una montaña pequeña. Una loma. Una lomada. Y miraba el mundo con sus lentecitos de lenteja. Porque tiene mucho hierro, claro, y son buenas para la circulación. A Lorenza siempre le había gustado todo lo que tuviera que ver con las verduras, así que la llegada a esa cima tenía mucho sentido. Se sentía bien. Circulaban y circulaban las ideas en su mente. Despacito, tranquilas. Embotelladas, atascadas, cortadas, hambrientas, tan hambrientas, explosivas, cortantes, filosas. Se mecía, se hamacaba sobre sus dos piecitos. Sobre su gran cola de pez. Sobre su gran cola. Redonda. Borracha. Alegre. Medio que se hacía la borracha. Se me hace que le venía tan a gusto estar así. Y miraba también. Desde lo Alto de la Lomada. Unos años para adelante. Unos años para atrás. Y se reía. Y sonreía. Y le caía la baba. Y el solcito le lamía las orejas. Y ahí en la cima de la lomita, deseaba con gran longitud y extensión llegar más alto. Transportada por un rayo de sol. Estrellada por un beso divino. Meciéndose de cara al vientito de la mañana. La cabeza apoltronada entre los hombros. Las manitos colgando entre las piernas. Había agua a los lados. Había humedad colgando de adentro. Los hongos de siempre, conquistadores atentos de espacios descuidados. Juguetones. Se la veía fundida, tan distinta, tan igual que siempre. Sin embargo en algún punto, gota a gota, en algún sorbo de té, en alguna hoja de algo, su cantito monocorde o de segundas menores o de virtuosa nada, había sido escuchado, comprendido y respondido. Gracias gracias gracias gracias.

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