Hubo un dìa en que Lorenza recordó que no había registrado lo maravilloso que habìa sido su primer beso. Y quien había estado del otro lado sino nuestro ya querido por lo tan nombrado: Lorenzo. Era una tarde fresquita de Mayo... y Lorenzo acababa de venir del dentista, ya sin sus aparatos de alambres y cuadraditos de metal. No, momento, ese fue otro beso magnifico, rebosante de olor a menta. Era una noche fresquita de Septiembre, el mes del amor, o es Noviembre? Bueno, cuestion que Lorenza, tenía una cadenita con una ele dorada (su inicial, se comprende?) Y Lorenzo también tenía su inicial, pero tatuada en la parte izquierda alta de su espalda. Tengo tu inicial tatuada y vos tenes mi nombre en tu cuello! Para Lorenza fue como su sueño de que Nik Carter la invitaba a desayunar hecho realidad. Como que de repente su tía rica la invitara al shopping a comprarse un saco nuevo. Como que papá las llevara a ella y a todas las niñitas de su casa a tomar helado. En un parque de diversiones. Y les dejara pedir baño de chocolate. No, nada de eso se comparaba. Un chico había dicho que su corazón le pertenecía. Y Lorenza estaba lela de amor. Lo que seguía era una expresión de cariño, cualquiera, y en esto me alegro de que mi mamá no me hubiera dejado ver mucha tele. A quien? a mi?? no... estamos hablando de Lorenza. A Lorenza no la dejaban ver tele. No tenían tele en el burdel. Cuestion que el beso no fue copiado de ningun lado. Y justo cuando el velo entre quien escribe y el personaje está demasiado transparente, y todo pareciera ser un desahogo por tiempos pasados que no volverán, Lorenza despierta. Justo sobre los labios de Lorenzo, y le dice que no quisiera que ese momento termine nunca, y que no le importaría enfrentarse a dragones con sarna, caniches endiablados, o bufones de muy poco talento, con tal de perpetuar (si, Lorenza tenía un vocabulario amplio) perpetuar ese momento de alguna forma, y darle el valor de único y muy valioso (Very Important Moment), alguna placa o algo así, que los peatones podrían leer en otros años mientras esperaran el colectivo al pueblito de al lado. Con un pequeño monumento. Y una fuentecita de los deseos. Bueno, tal vez algunos hijos también a quienes mandar a la universidad y poner nombres aborígenes, pero eso después se vería. Y así le dijo: que bien que me siento, aca, con vos, Lorenzo. Y empezó a llover. Y la lluvia calló sobre la garita del colectivo y Lorenza respiraba profundo para llevarse todos los detalles. Los truenos se hacían más nítidos, y las sábanas de la cama más resignadamente reales. Lorenza mira alrededor, escucha la lluvia, sale de su casa en piyama, sus pechos caídos tocan ya sus rodillas... certeza de que el tiempo ha pasado desde aquel recuerdo. Camina, aun bajo la lluvia, tres kilómetros hasta el pequeño monumento con fuentecita de los deseos. Ya toda llena de barro, mete los pies en la fuente. Saca algunas monedas, las tira de nuevo, se come unas frutillas que había plantado alrededor, se sopla los mocos, corta unas florcitas, las acuna y las lleva hasta su casa contándoles cuentitos para que se duerman.

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