Y pasó que eventuelmente todo llegó al climax de la felicidad. La realización personal de la que hablan tantos libros de autoayuda y que para Lorenza significó lo siguiente... sublimó sus deseos de ser madre inaugurando un jardin maternal que llamó "salvajes en el barro". Nada de corazoncitos de colores o barquitos de papel. Los chicos se metían en el barro los días de lluvia y los días de sol se sentaban a recibirlo después de las 5 de la tarde. Algunos padres huyeron despavoridos, y el jardín pasó por sus momentos de sequía. Se sentía un poco sola con el proyecto a veces, así que fabricó con la plastilina del salón del enchastre, un muñeco que se parecía mucho a Lorenzo y que de hecho nombró así. No, le puso Juan. Porque así podía ser su abuelo, su medio hermano, su amigo gay, su amor platónico. Juan. Juanes. La camisa negra. lalala. Pero eso no fue todo. En sus tiempos libres, cuando la guardería le daba un respiro, Lorenza finalmente y como siempre desde hacía unos meses había querido, formó una banda. La banda más color... no, más fiest... no, más virtuo... no, una banda. Una banda de gente, una banda de instrumentos, una banda de canciones y escenarios. Llegaron hasta el centro cultural españa córdoba y el festival ese del flequillo en Edimburgo. (use google señor lector) Y así termina este capítulo, porque Lorenza quiere una banda, y creer y crear... y contar y hacer realidad lo contado.

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