Capítulo 41: la vieja amiga

De pronto una noche volvió. ¿Quien es? Soy yo. Se habían conocido en la secundaria, cursaron un año juntas del bachillerato en ciencias de la ecología astrológica, sin prestarse mucha atención. La frenó a Lorenza en el medio de una vereda y le dijo: - Mirá Lorenza, yo se que la gente que te conoce tiene vergüenza de decirte esto, pero yo no tengo pelos en la lengua. Lorenza la miró con su carita de boba. La tenía bien ensayada para cuando le preguntaran si ya estaba leyendo el libro de 567 páginas para su curso de grabado. - Sos una mujer ENORME Lorenza hizo plim plim con los ojitos. - Gracias :) - No Lorenza, sos enorme, no pasás por las puertas. Lorenza se hechó una mirada hasta donde llegaba su cuello. - Pero yo soy hermosa... dijo tímidamente - ¡Claro que sos hermosa! Pero hacete cargo, las mujeres enormes tienen la tarea de sostener un pedacito de verdad único (se acercó para hablar más bajito) su sola existencia es una revolución. (Ahora subió mucho el volúmen) Y no me vengas con que tenés que hacer esto y aquello para perfeccionar tu vida. Entrenarte día y noche para ser una excelente escultora de piedras pómez, y así por fin revindicar tu figura. Dejá de pedir disculpas por existir, caramba. Y se alejó, dejando a Lorenza en una profunda reflexión que la tuvo preocupada por la siguiente hora............... ¿Cómo se llamaba esa chica? Al mes siguiente recibió una carta de Franca (así se llamaba). Cortita. Decía: Tranquilos como en un partido que va cinco a cero, los que nos parecemos un poquito en la nariz o la oreja a alguna estrella de cine pensamos "Ahhh que alivio, tengo tantas chances en este mundo acogedor". Deberíamos (y acá la carta estaba manchada con café).

La historia de Lorenzita: Lisa, la de la obra de arte-sanía

Lorenza estiró la mano y sacó del cajón de su mesita de luz, un paquete de maní. Eran las cuatro de la mañana y estaba desvelada. Había soñado con los típicos viajes, había tenido los típicos sueños representantes de sus miedos más idiotas. Y ahora no podía pegar un ojo. No se podía levantar. No podía dormir, tenía hambre, hambre; no podía pensar, desde el interior de su panza algo rugía y vociferaba rogando ser saciado. ¿sexo? ¿compañía? ¿realización personal? las preguntas le daban más hambre. Maní, maní, el maní era lo único que parecía brindarle alguna respuesta. Su día había consistido en una pequeña caminata, un rato de lectura, un almuerzo decente, un rato de limpieza, un rato de ejercitación acrobática, todo intercalado por ratos de mirada fija en una pantalla y tipeo frenético. Algo le faltaba, carajo. Algo le faltaba, y a esto venía a colación el maní. El problema fue cuando la bolsita del preciado fruto seco se acabó, y el edificio de preguntas existenciales cayó sobre su cabeza, junto con algunas dudas acerca del rumbo de su vida, su actitud frente a otros, sus elecciones, su pasado y su futuro. Todo caía a pedazos, en cámara lenta y Lorenza deseaba tener un tele en el que colgar su cabeza por un rato. Pero no tenía tele, así que se quedó ahí, junto a la bolsa vacía de maní, y al abismo que se abría frente a ella que significaba su propia vida. Nada, mirando. Observando. No tenía ganas ni siquiera de enderezar la espalda. Parecía un monito. Oh... que lindo un monito, que lindo sería ser un monito. Y comer piojitos, y tener monitos, y no tener que pensar en cómo ganar dinero el mes que viene. Esa pregunta le pesaba como una pelopincho llena de yogurt. ¿Cómo lo lograron nuestros progenitores? ¿Cómo no perecieron en el intento? de angustia, de desesperación, de aburrimiento??!! ¿cómo sobrevivir en el mundo, hoy? se preguntaba. Cómo sobrevivir si solo soy un monito de circo... Me encanta ser un monito de circo, me gusta serlo, lo soy con tranquilidad y aplomo, con mis pelos de mono, mis ojos de mono, mis manos de mono, mi sonrisa de mono, mi inocencia de mono. Soy felíz. Pero no me siento capaz de sobrevivir en un mundo donde se me pide vestirme de seda. Y bailar, por la plata. Lorenza comió un piojito del lomo de su mono, tomó su mano, la envolvió en las suyas, se acurrucó a su lado, y se durmió. Mona.

Un barco a vapor

Lorenza largó el zarpazo. Zarpó en un barco con balcón y escaleritas. Y ahí estaba, agarrada a la baranda de la proa, cerquita del centro y del piso, tenía miedo de caerse, y el barco se movía, y ella no se atrevía a levantar los ojos. Iba ya a una velocidad considerable; se notaba por el viento que le masajeaba la espalda. Lorenza se resiste a mirar. Sabe que el timón le pertenece, que no hay nadie más en las habitaciones de adentro más que sus juguetones o disciplinados fantasmas. Momento... sí hay gente adentro. Gateando, con la cabeza zumbante y el estómago revuelto, se acercó hasta la puertita que conducía al interior.

La historia de Lorenzita: la Cima de la Montaña

Lorenza había llegado a la cima de una montaña. Era Una montaña pequeña. Una loma. Una lomada. Y miraba el mundo con sus lentecitos de lenteja. Porque tiene mucho hierro, claro, y son buenas para la circulación. A Lorenza siempre le había gustado todo lo que tuviera que ver con las verduras, así que la llegada a esa cima tenía mucho sentido. Se sentía bien. Circulaban y circulaban las ideas en su mente. Despacito, tranquilas. Embotelladas, atascadas, cortadas, hambrientas, tan hambrientas, explosivas, cortantes, filosas. Se mecía, se hamacaba sobre sus dos piecitos. Sobre su gran cola de pez. Sobre su gran cola. Redonda. Borracha. Alegre. Medio que se hacía la borracha. Se me hace que le venía tan a gusto estar así. Y miraba también. Desde lo Alto de la Lomada. Unos años para adelante. Unos años para atrás. Y se reía. Y sonreía. Y le caía la baba. Y el solcito le lamía las orejas. Y ahí en la cima de la lomita, deseaba con gran longitud y extensión llegar más alto. Transportada por un rayo de sol. Estrellada por un beso divino. Meciéndose de cara al vientito de la mañana. La cabeza apoltronada entre los hombros. Las manitos colgando entre las piernas. Había agua a los lados. Había humedad colgando de adentro. Los hongos de siempre, conquistadores atentos de espacios descuidados. Juguetones. Se la veía fundida, tan distinta, tan igual que siempre. Sin embargo en algún punto, gota a gota, en algún sorbo de té, en alguna hoja de algo, su cantito monocorde o de segundas menores o de virtuosa nada, había sido escuchado, comprendido y respondido. Gracias gracias gracias gracias.

La historia de Lorenzita: volver al futuro 842

Un día Lorenza viajó al futuro. Un futuro en un mundo que nunca supo si era este u otro. Con otro calendario maya, y otros libros de historia. Lo único que sabe es que se metió al lavarropas huyendo de si misma un día de muchas preguntas y poco sangrado. Y después del centrifugado, salió disparada hacia otro mundo mucho mas flayero y más brillante que el nuestro. Dedujo que era el futuro. Presenció un suceso que aparecería después en esos libros de historia. O en novelas popularisimas de amor. Los hombres habían hecho barricadas en un extremo de la ciudad y quemaban gomas y se defendían con flechas de las mujeres. Éstas, con banderas rojas y lanzas se la pasaban pintando sus cuerpos para la batalla, pero nunca salían al encuentro. Los hombres por su parte organizaban multitudinarias zapadas en las que podían pasar días y días en el éxtasis de la improvisación, ejecutando instrumentos de cuerdas, de viento y de percusión. Cuando salían del trance dormían varios días más. Y ahí ocurría lo curioso: el bando contrario se lavaba la pintura, se vestía con túnicas de seda y salía sigilosamente hasta las carpas masculinas. Y les cantaban canciones de luna. Se acercaban a sus cuerpos fibrosos y barbudos con aire mtrnl. Sin vocales, claro, porque no podían pronunciar la palabra maldita. Se acercaban tanto como podían a esos cuerpos calientes hundidos en sueños y recordaban las historias que les contaron las brujas sobre cosas que nunca habían experimentado porque habían nacido en período de guerra. Lorenza las acompañó, porque sin dudarlo se había unido a su bando. Y miró a los hombres ahí exhaustos. Con sus taparrabos sencillos. Y supo que algún día ese pueblo escribiría la historia de "una mujer que se animó a quebrantar el voto colectivo, despertar a uno de esos animalitos salvajes y llevarlo a un ritual de fuego en el que aprenderían a lavarse los dientes en compañía". Lorenza, cuando vio que no había más nada para hacer o mirar, metió la cola en un balde, y salió del otro lado por la boca del lavarropas. Quiso empezar una revolución similar en su propio mundo, pero los hombres y las mujeres de su pueblo estaban en un estadio anterior al caos: se juntaban por conveniencia y se hacían el amor por deber. Pero no eran esos hombres y mujeres los que agitarían la lucha encarnizada, no. Lo harían las viejas resentidas y sus gatos. Lorenza se pasó el resto de la tarde tratando de descubrir con métodos matemáticos cual de las tres mujeres sería ella, cuando fuera grande. (A saber: la que tuviera que ver con gatos, la que agitara la castidad o la que invita a recrear historias)

La historia de Lorenzita: una muerte anunciada

Lorenzo ha muerto. No se los quería decir. Lo lloran las prostitutas que lo deseaban al verlo pasar por los pasillos, tan bueno él. Tan bueno. Tan bueno que era bello. Lo llora la tía de Lorenza que era adivina y había vaticinado hijitos y casamiento de blanco. Lorenzo ha muerto y Lorenza siente que se le salió un pedazo. No se le salió nada. Un diente nomás que estaba muy picado. Pero la sensación era tan real que Lorenza por varios meses años usó cabestrillos, yesos, muletas, cuellos ortopédicos, porque podía jurar que se moría. No se murió ni mucho menos. Cumplió un año más nomás. Y no llegó a llevar a cabo su plan para suicidarse porque se entretuvo con un perrito que encontró en la vereda. Que triste. jajaja. Que feo. Murió Lorenzo. No puede morir el co-protagonista de una historia! Loranza se tatuó su nombre en la pierna. No, mentira.

La historia de Lorenzita: realización personal

Y pasó que eventuelmente todo llegó al climax de la felicidad. La realización personal de la que hablan tantos libros de autoayuda y que para Lorenza significó lo siguiente... sublimó sus deseos de ser madre inaugurando un jardin maternal que llamó "salvajes en el barro". Nada de corazoncitos de colores o barquitos de papel. Los chicos se metían en el barro los días de lluvia y los días de sol se sentaban a recibirlo después de las 5 de la tarde. Algunos padres huyeron despavoridos, y el jardín pasó por sus momentos de sequía. Se sentía un poco sola con el proyecto a veces, así que fabricó con la plastilina del salón del enchastre, un muñeco que se parecía mucho a Lorenzo y que de hecho nombró así. No, le puso Juan. Porque así podía ser su abuelo, su medio hermano, su amigo gay, su amor platónico. Juan. Juanes. La camisa negra. lalala. Pero eso no fue todo. En sus tiempos libres, cuando la guardería le daba un respiro, Lorenza finalmente y como siempre desde hacía unos meses había querido, formó una banda. La banda más color... no, más fiest... no, más virtuo... no, una banda. Una banda de gente, una banda de instrumentos, una banda de canciones y escenarios. Llegaron hasta el centro cultural españa córdoba y el festival ese del flequillo en Edimburgo. (use google señor lector) Y así termina este capítulo, porque Lorenza quiere una banda, y creer y crear... y contar y hacer realidad lo contado.