Publicado por
Olivia
comentarios (0)
Lorenza escapó. Les digo que realmente escapó. Se fue al país donde todo es helado. ¿Me creen? Todo es helado. De frutilla, de sambayón, de menta. Pero en serio les digo que Lorenza se fue, se escapó. No se cómo hizo pero finalmente lo logró, un día en que no encajaba nada, y el sistema, y el huevo y la gallina, y la espiral hacia el llanto. No me crean si quieren, pero creanme. Lorenza logró lo que la mujer que escribió el libro el secreto estaría asombrada de escuchar. Su antena humana atrajo tanta bondad, tanto lo que deseaba, que terminó vagando por el país hecho de helados. Y ahora se hace agua mi relato con la pregunta: cómo hizo para no congelarse, o para no asquearse, o para no pegotearse. Pero necesito que me crean que Lorenza por fin salió. Salió de la espiral tobogánica hacia el llanto y se puso a bordar, o a cantar a la gorra en la playa, o a hacer cualquier cosa pero irradiando, iluminada por la insistencia de su columna vertebral encendida. De sus células en combustión. No importaba si afuera llovía, hacía calor, o llegaban en masa con palos y puntas. Lorenza a su ritmo, tomaba el aguita que la mantenía viva. No esperaba nada tampoco. Estaba como un Buda anárquico en una danza macabra hacia la transformación imperceptible. Tampoco le importaba lo que dijeran de su no le importaba. No pensaba lo que no pensaba. Que dichosa osa, ella que antes era tan vaso y tan plato, feliz y sonriente entre sus niños huérfanos. Hoy se transformaba en nada distinto. Hoy dejaba sus pesadas orejas de elefante para para. Para. Que despelote... por eso se escapaba.
Publicado por
Olivia
comentarios (0)
Uno de los tantos trabajos que tuvo Lorenza, fue como pasante en un criadero de monstruos. Su título de bachiller la habilitaba para algunas tareas en la institución y así fue como la contrataron para plancharles y doblarles la ropita.
No me van a creer.
Los progenitores de las larvas de monstruos los traen apenas fecundados en cajitas con agua. Las nanas de nivel inicial se encargan de darles una vez al día una gotita de caldo de cartón. A veces se olvidan entre café y café, pero no importa porque igual el cartón no les sirve para nada. A los dos años asoman sus horribles manos, babosas; sus orejas puntudas y las paletas que tienen por dientes fuera de la cajita y se empiezan a mover como ratas por los pasillos. Pasan al cuidado de las nanas del siguiente nivel quienes les preparan comidas más suculentas. Aveces les dan de más, pero no importa porque igual se van a convertir en monstruos.
Lo importante pasa cuando les crecen los dientes, los cuernos, las crestas, y empieza la rigurosa enseñanza de cómo destruir todo lo que encuentren a su paso. Aquí un interesante dato: ningún criador había salido alguna vez del recinto; preparaban a los monstruitos para enfrentar un mundo que no conocían pero que suponían que necesitaba seres poderosamente afilados y arrolladores. Y así bien rebosaditos los catapultaban después de su graduación de la pirca para afuera.
Lorenza, que sí había estado afuera, digamos que había olido alguna vez el pasto en primavera, no entendía el funcionamiento del criadero, y no tardó en renunciar a su puesto para dedicarse a comer, rezar, amar y hacer duendecitos de porcelana fría. Ya no percibiría la cantidad de dinero que planchar y doblar le proporcionaba, pero nunca había hecho muy buen uso de ella. Se la comía.
Pasados varios meses empezó a dudar de la verdadera existencia de ese monstruoso lugar y se alegró de convencerse que lo había imaginado todo. Fue una ensalada con mucho ajo que la tuvo de mal humor por varios días y la hizo creer que existían lugares donde se monstruifica gente a granel.
¡Felicidades monstruitos hermosos! ¡Dondequiera que estén!
Publicado por
Olivia
comentarios (0)
De pronto una noche volvió. ¿Quien es? Soy yo. Se habían conocido en la secundaria, cursaron un año juntas del bachillerato en ciencias de la ecología astrológica, sin prestarse mucha atención. La frenó a Lorenza en el medio de una vereda y le dijo:
- Mirá Lorenza, yo se que la gente que te conoce tiene vergüenza de decirte esto, pero yo no tengo pelos en la lengua.
Lorenza la miró con su carita de boba. La tenía bien ensayada para cuando le preguntaran si ya estaba leyendo el libro de 567 páginas para su curso de grabado.
- Sos una mujer ENORME
Lorenza hizo plim plim con los ojitos.
- Gracias :)
- No Lorenza, sos enorme, no pasás por las puertas.
Lorenza se hechó una mirada hasta donde llegaba su cuello.
- Pero yo soy hermosa... dijo tímidamente
- ¡Claro que sos hermosa! Pero hacete cargo, las mujeres enormes tienen la tarea de sostener un pedacito de verdad único (se acercó para hablar más bajito) su sola existencia es una revolución. (Ahora subió mucho el volúmen) Y no me vengas con que tenés que hacer esto y aquello para perfeccionar tu vida. Entrenarte día y noche para ser una excelente escultora de piedras pómez, y así por fin revindicar tu figura. Dejá de pedir disculpas por existir, caramba.
Y se alejó, dejando a Lorenza en una profunda reflexión que la tuvo preocupada por la siguiente hora............... ¿Cómo se llamaba esa chica?
Al mes siguiente recibió una carta de Franca (así se llamaba). Cortita. Decía:
Tranquilos como en un partido que va cinco a cero, los que nos parecemos un poquito en la nariz o la oreja a alguna estrella de cine pensamos "Ahhh que alivio, tengo tantas chances en este mundo acogedor". Deberíamos (y acá la carta estaba manchada con café).
