Pero la historia que nunca se contará de Lorenzita, es la que cuenta que en realidad... ella ERA una de las putas del burdel. Burdel bien iluminado y comandado por madame Pensamiento, con su flor en el escote y su sombrero de Napoleón. A la tardecita, las niñas comenzaban a beber y a hacer la fiesta mientras llegaban los primeros clientes. Lorenzita se perfumaba. Se perfumaba la zona de la nariz, para oler siempre y en todo pelo, el olor del chucrut. Un olor ageno, que no le recordaba nada. Lorenzita tenía la capacidad de oler la esencia de los hombres detrás de sus orejas, y ya su don había empezado a atormentarla. El chucrut le evitaba terminar llorando en cada encuentro, desconsoladamente, incapaz de recordar el olor anterior o de terminar de pasar en limpio la melodía que disparaba cada uno. Y sonaba de fondo su cajita de música, para que algo permaneciera de bigote a bigote, de de bigote a bigote, de bigote a bigote a espalda. A ojos mirando manos recorriendo espaldas. Cuando la clientela se retiraba, llegaba el momento que a todas les importaba más que el fin de mes, más que las miradas de los vecinos, más que las tortas del té. Pensamiento desempolvaba su espejo de luna y las niñas se ponían sus vestidos más niños, más verdes, más calorcito de primavera, más ensaladita de garbanzos y cantaban melodías eternas hasta que se volvían queridas, sostenidas, abrazadas. Queridas, sostenidas, abrazadas. Queridas, sostenidas, abrazadas.

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