La historia de Lorenzita: La bomba de tiempo

Lorenza la pasó bomba!! Y así quedó, en pedacitos. Tan rota... Y esta vez no era solamente su corazón. Las costuras de los parches de su cuerpo de muñeca habían empezado a ceder con la humedad. El Mago Mielin no podía ayudarla. Había inventado un truco tan bueno para hacerse invisible que no volvió más. Asi descocida, extrañaba la época del mundo en que se escribían cartas. Se enviaban cassettes por correo. Se bailaban bailes de seducción y se viajaba en autos viejos a pueblos más viejos. Estaba tan triste que no quiso aliviarse o distraerse con nada. (bueno, algo de pan comió, y algo de tele vió) o miró cine de autor y comió palta con sal y limón, no se. Como una leona enjaulada se paseó por la torre que alquiló para sufrir, y miró desde arriba a la gente feliz del mundo. Y al mundo albergando a esa gente. Y se confundió más. Porque ahora no entendía ni lo que le pasaba a ella ni nada. Desde la ventana de la torre gritó: Oh Lorenzo! Ven a rescatarme! Pero Lorenzo solo recibía mensajes por twitter. Y no hubiera ido igual. Entonces escribió: Esto es una mierda, y bajó, y en vez de alquilar una torre alquiló un caballo. Y como no sabía cabalgar lo paseó por los campos de su tío Venancio, que tenía olor a rancio, y le dio de comer pastito, y se metió al lago y se olvidó por un ratito de que esta historieta de la confusión continuará por un rato y hay que bancarla nomás. Eso si, tratar de pasarla bien, porque bomba es un señor peligroso. Porque estalla y se va sin dar besos de buenas noches, que sueñes lindo, sin acompañarte una sola cuadra, (NO, es: kabum! y te mueres!) sin decirte si café o té, si leche o negro, si medialunas o criollitos.

La historia de Lorenzita: chucrut

Pero la historia que nunca se contará de Lorenzita, es la que cuenta que en realidad... ella ERA una de las putas del burdel. Burdel bien iluminado y comandado por madame Pensamiento, con su flor en el escote y su sombrero de Napoleón. A la tardecita, las niñas comenzaban a beber y a hacer la fiesta mientras llegaban los primeros clientes. Lorenzita se perfumaba. Se perfumaba la zona de la nariz, para oler siempre y en todo pelo, el olor del chucrut. Un olor ageno, que no le recordaba nada. Lorenzita tenía la capacidad de oler la esencia de los hombres detrás de sus orejas, y ya su don había empezado a atormentarla. El chucrut le evitaba terminar llorando en cada encuentro, desconsoladamente, incapaz de recordar el olor anterior o de terminar de pasar en limpio la melodía que disparaba cada uno. Y sonaba de fondo su cajita de música, para que algo permaneciera de bigote a bigote, de de bigote a bigote, de bigote a bigote a espalda. A ojos mirando manos recorriendo espaldas. Cuando la clientela se retiraba, llegaba el momento que a todas les importaba más que el fin de mes, más que las miradas de los vecinos, más que las tortas del té. Pensamiento desempolvaba su espejo de luna y las niñas se ponían sus vestidos más niños, más verdes, más calorcito de primavera, más ensaladita de garbanzos y cantaban melodías eternas hasta que se volvían queridas, sostenidas, abrazadas. Queridas, sostenidas, abrazadas. Queridas, sostenidas, abrazadas.