Publicado por
Olivia
comentarios (0)
Pero la historia que nunca se contará de Lorenzita, es la que cuenta que en realidad... ella ERA una de las putas del burdel. Burdel bien iluminado y comandado por madame Pensamiento, con su flor en el escote y su sombrero de Napoleón.
A la tardecita, las niñas comenzaban a beber y a hacer la fiesta mientras llegaban los primeros clientes. Lorenzita se perfumaba. Se perfumaba la zona de la nariz, para oler siempre y en todo pelo, el olor del chucrut. Un olor ageno, que no le recordaba nada.
Lorenzita tenía la capacidad de oler la esencia de los hombres detrás de sus orejas, y ya su don había empezado a atormentarla. El chucrut le evitaba terminar llorando en cada encuentro, desconsoladamente, incapaz de recordar el olor anterior o de terminar de pasar en limpio la melodía que disparaba cada uno.
Y sonaba de fondo su cajita de música, para que algo permaneciera de bigote a bigote, de de bigote a bigote, de bigote a bigote a espalda. A ojos mirando manos recorriendo espaldas.
Cuando la clientela se retiraba, llegaba el momento que a todas les importaba más que el fin de mes, más que las miradas de los vecinos, más que las tortas del té. Pensamiento desempolvaba su espejo de luna y las niñas se ponían sus vestidos más niños, más verdes, más calorcito de primavera, más ensaladita de garbanzos y cantaban melodías eternas hasta que se volvían queridas, sostenidas, abrazadas. Queridas, sostenidas, abrazadas. Queridas, sostenidas, abrazadas.
