La historia de Lorenzita: volver al futuro 842

Un día Lorenza viajó al futuro. Un futuro en un mundo que nunca supo si era este u otro. Con otro calendario maya, y otros libros de historia. Lo único que sabe es que se metió al lavarropas huyendo de si misma un día de muchas preguntas y poco sangrado. Y después del centrifugado, salió disparada hacia otro mundo mucho mas flayero y más brillante que el nuestro. Dedujo que era el futuro. Presenció un suceso que aparecería después en esos libros de historia. O en novelas popularisimas de amor. Los hombres habían hecho barricadas en un extremo de la ciudad y quemaban gomas y se defendían con flechas de las mujeres. Éstas, con banderas rojas y lanzas se la pasaban pintando sus cuerpos para la batalla, pero nunca salían al encuentro. Los hombres por su parte organizaban multitudinarias zapadas en las que podían pasar días y días en el éxtasis de la improvisación, ejecutando instrumentos de cuerdas, de viento y de percusión. Cuando salían del trance dormían varios días más. Y ahí ocurría lo curioso: el bando contrario se lavaba la pintura, se vestía con túnicas de seda y salía sigilosamente hasta las carpas masculinas. Y les cantaban canciones de luna. Se acercaban a sus cuerpos fibrosos y barbudos con aire mtrnl. Sin vocales, claro, porque no podían pronunciar la palabra maldita. Se acercaban tanto como podían a esos cuerpos calientes hundidos en sueños y recordaban las historias que les contaron las brujas sobre cosas que nunca habían experimentado porque habían nacido en período de guerra. Lorenza las acompañó, porque sin dudarlo se había unido a su bando. Y miró a los hombres ahí exhaustos. Con sus taparrabos sencillos. Y supo que algún día ese pueblo escribiría la historia de "una mujer que se animó a quebrantar el voto colectivo, despertar a uno de esos animalitos salvajes y llevarlo a un ritual de fuego en el que aprenderían a lavarse los dientes en compañía". Lorenza, cuando vio que no había más nada para hacer o mirar, metió la cola en un balde, y salió del otro lado por la boca del lavarropas. Quiso empezar una revolución similar en su propio mundo, pero los hombres y las mujeres de su pueblo estaban en un estadio anterior al caos: se juntaban por conveniencia y se hacían el amor por deber. Pero no eran esos hombres y mujeres los que agitarían la lucha encarnizada, no. Lo harían las viejas resentidas y sus gatos. Lorenza se pasó el resto de la tarde tratando de descubrir con métodos matemáticos cual de las tres mujeres sería ella, cuando fuera grande. (A saber: la que tuviera que ver con gatos, la que agitara la castidad o la que invita a recrear historias)